martes, 18 de noviembre de 2014

A DECIR COSAS /El encanto y desencanto de la nacionalidad


El encanto y desencanto de la nacionalidad



De: Aníbal De Castro


En estos días del otoño que pinta colores inverosímiles en las copas de los árboles, entonaba el espíritu con una dosis exacta de Richard Strauss, compositor que evoca lo sublime con su música inspirada, y recordaba un episodio que me devolvió al mundo terrenal de las complejidades detrás de las características que definen la nacionalidad. No esas líneas estrechas que caben en constituciones, leyes, arrebatos de tribunales y oenegés escandalosas, sino señas que de inmediato revelan adscripción a un país sin necesidad de papeles.

En primera fila y junto a un querido amigo, nos deleitábamos con los Lieder en el auditorio exquisito del Barbican Centre del Londres donde es posible acudir a varios conciertos de música culta el mismo día. Al final, la encopetada señora al lado nuestro, inglesa por demás, confió su grata sorpresa por el magno regalo musical que habíamos recibido. Para ella, la música de Strauss carecía de fuerza y en su opinión, más o menos, el alemán pertenecía a la categoría de compositores menores. Su impresión original y la volta face al escuchar la música calmada, profunda y legítimamente humana de la última creación de Strauss no fueron mi causa de asombro, como comentara luego a mi acompañante, sino que una británica osara dirigirse a un desconocido en una sala de concierto. Y, además, colar sus emociones ante un extraño.

Al británico se le reconoce por su compostura, propiedad en el trato y respeto a las convenciones. Hay la historia en broma sobre dos súbditos de la reina varados en una isla por meses y que solo se dirigieron la palabra una vez rescatados y a la mesa ya del capitán del barco salvador: no habían sido presentados formalmente. Falso o estereotipado ese trozo del retrato inglés, lo cierto es que hay rasgos comunes a la nación que confieren una especificidad que al mismo tiempo es diferencia y definición. Difícil de describir porque no siempre emerge como conducta, sino a menudo como sentimiento espontáneo cuando se pulsan ciertas notas que nos conducen sin escala al origen, que nos apiñan en el colectivo y con igual intensidad desencadenan orgullo, vergüenza, nostalgia o alegría.

No somos dominicanos en oposición a otras nacionalidades, concretamente a la vecina como se nos dice a menudo. Ni tampoco sirve el común denominador de ariete para marginar al otro o colocarle al frente el sello de la inferioridad. Nuestras reglas, escritas o no, nos describen e informan hacia dentro y fuera cuáles son los atributos, defectos o piezas del rompecabezas ser dominicano. La expresión política de la ecuación pertenece a cada Estado, consenso establecido sin remilgos en La Haya en 1930. Antes que facilitarlo, los Estados han dificultado el acceso a la nacionalidad. No se es británico o español por haber nacido en el Reino Unido o en España, como tampoco haitiano todo el que ve la primera luz en el oeste de la isla Española.

El punto de partida es la madre, tampoco una regla universal. La apatridia, ese pecado original, adviene con la imposibilidad de acceso a otra nacionalidad excepto la del país natal. Que un Estado dificulte o niegue la nacionalidad a sus hijos nacidos en el exterior necesariamente no genera responsabilidad al país anfitrión, como establecen claramente las reglas del derecho internacional. La decisión constitucional de que es ciudadano de los Estados Unidos o Canadá todo aquel nacido en el territorio, el ius soli sin calificación, apenas rige en 45 de 190 países.


Regresaba a mis obligaciones diplomáticas y Atlanta era el primer punto de ingreso a la tierra del hombre libre en el himno nacional. Al ver el pasaporte, la oficial de migración, una afroamericana amable y con la gracia y acento de la mujer sureña, exclamó: "¡Óscar de la Renta!". Ante el alborozo y genuina admiración, guardé con el documento de viaje la usual circunspección y le dije que asistiría como parte de la delegación oficial al memorial que tendría lugar en Nueva York. En todos los medios que leí o escuché noticias o comentarios sobre el gran diseñador, decían que era norteamericano. Algunos añadían el lugar de nacimiento, la República Dominicana.

De la Renta desarrolló su gran talento fuera del terruño patrio, primero en Europa y luego en los Estados Unidos. Diría que catalogaba como ciudadano universal, porque su arte y la belleza que creaba cabalgaban allende las fronteras de cualquier país o intento de encasillarlo. Sin embargo, nunca perdió la dominicanidad o la nacionalidad que es más emoción que decisión política y por tanto imposible de determinar con una cédula personal de identidad y electoral o un pasaporte. Muchos se han olvidado de la tienda a la que puso su nombre en la calle Pasteur, hace ya más de treinta años. De que fue de los primeros en tener una propiedad en Casa de Campo y que se fue de allí por el ruido de los aviones en el improvisado y antiguo aeropuerto en mitad del exclusivo resort. Echó raíces e invirtió en Punta Cana, seducido por la confianza y visión de Frank Rainieri; y en su atelier de Nueva York hay representación dominicana entre los muchos talentos que allí descuellan. El hijo adoptado proviene de un hospicio en La Romana y no solo frecuentaba su hogar en el este de la república, sino que allí fungía de anfitrión a toda una constelación de nombres que figuran con precedencia en el quién es quién de este mundo.

Óscar de la Renta era dominicano por nacimiento y adscripción a un colectivo con el que compartía los intangibles de una cultura, de una práctica social y de unos convencimientos personales en los que destacan la generosidad, sentido de compasión y preocupación por la imagen del país. Me llamó varias veces alarmado por la ola de infundios contra la República Dominicana que sentía y amaba, a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional del año pasado que estatuye sobre la nacionalidad. Quería ayudar, y lo hizo en su mundo de relaciones del que formaba parte sin necesidad de apartarse de las raíces dominicanas que cultivó con esmero. Esa República Dominicana imaginada por las oenegés y a la que castigan con declaraciones insensatas, noticias tendenciosas y una imagen desapegada del derecho internacional, si existe, no está poblada por muchos dominicanos. Más bien es una construcción novelesca, puesta a tono para el ejercicio de la doblez diplomática de países que de frente enarbolan el escudo de los derechos humanos y los valores democráticos; y por detrás, blanden la guadaña con que segan para que crezcan sus intereses, muy pocas veces en sintonía con las declaraciones y posturas públicas. Preteridas las ideologías, si no hay causas que encrespen y revuelvan estómagos, hay que inventarlas: ya hay una cohorte de celebridades presta a canjear la banalidad en que viven por las cruzadas en que aparecen como protagonistas ya no solo en la pantalla grande. A ese mundo de ficción pertenece por completo el cuento sobre la fusión de la isla, de la confabulación internacional para robarnos la nacionalidad y llevarnos a un aquelarre signado por la indefinición cultural. Toda una leyenda cimentada en un nacionalismo a ultranza que nos daña tanto como la postura desaprensiva de quienes, la mayoría en la comodidad del exterior y las sinecuras académicas, piensan en inglés norteamericano y pretenden hablar con desparpajo dominicano. La explicación es sencilla: a Haití y los haitianos no los quiere en verdad nadie. Ni siquiera en los países del Caricom, donde los devuelven tan pronto llegan. La comunidad internacional rehúsa aceptar la responsabilidad que le corresponde, y lo más fácil es cargarle el dado al vecino más próspero.La mayor violación a los derechos humanos de los haitianos ocurre en su propio país, donde una parte apreciable de la población continúa indocumentada, las tensiones raciales entre mulatos y negros saltan a la vista y el 80 por ciento de los profesionales han emigrado.

Dominicano por sentimiento y adscripción, como el gran Óscar de la Renta, debería ser la meta. Y a esas cláusulas culturales y de práctica condicionar en el futuro el otorgamiento de la nacionalidad, cumplidos los requisitos que solo a nosotros toca determinar con arreglo al consenso de la comunidad internacional consignado en el corpus doctrinal del derecho internacional, del verdadero, no del que se inventó la Corte Interamericana de los Derechos Humanos. Como hacen Australia y Canadá, por ejemplo, donde el conocimiento de la historia y el lenguaje son sine qua non para la aceptación de los inmigrantes. Ese dominicano es ajeno a la discriminación, ejemplifica la solidaridad, cree en que el respeto al derecho ajeno es la paz, no le concede superioridad a etnia alguna y mucho menos repara en el color de la piel o rehúsa la validez de otras manifestaciones culturales. La buena vecindad, más que concesión o virtud, es una obligación derivada de la observación escrupulosa de normas internacionales, con la no injerencia en los asuntos internos de otros países como piedra de toque. En la cultura de la paz, no hay enemigos gratuitos sino amigos a los cuales se les tiende la mano cuando lo necesitan y porque se acepta el imperativo de la solidaridad.

Todas estas escaramuzas y emboscadas a que nos someten ignoran lo trascendente del momento en las relaciones en una isla única en el mundo por albergar a dos países independientes. Se ha abierto un diálogo productivo bajo la premisa de que hay problemas comunes solo susceptibles de ser resueltos si los enfrentamos unidos. Poco a poco el atavismo de la historia cede terreno a una lectura más equilibrada del pasado en un esfuerzo por construir un mejor futuro. Cada vez son más los verdaderos dominicanos que conciben el desarrollo de Haití como cuestión de prioridad nacional, de que la clave para detener la migración descontrolada transita por el elevamiento substancial de la calidad de vida tras la frontera.

La premier de los Lieder de Strauss tuvo lugar en Londres al año siguiente de su muerte, el mismo en que nací en la República Dominicana. Fue un éxito total, en la voz de la soprano que el compositor escogió de antemano. La proximidad de la muerte está presente en la música densa que discurre como agua de arroyo cristalino sobre un cauce sin sinuosidad. Mi favorita es Septiembre, porque recoge como ninguna otra la mortalidad y decadencia del ser humano. Nos hemos hecho a nosotros mismos trascendente quizás por inconformidad con la certeza de la biología. De lo que no hay duda es de que el país, el colectivo llamado dominicano, continuará. Con él lo mejor de unas tradiciones que ya nos han definido como amistosos, generosos y bullangueros, y en el que caben todos los colores de piel.

adecarod@aol.com

08 NOV 2014 | DIARIO LIBRE

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