sábado, 9 de diciembre de 2017

“Gallo, calcúleme los años en días; yo quiero saber ¿cuántos días es que realmente yo tengo sobre la tierra?”

Mi Papá, Ramón Robles



Por Rolando Robles 
rolrobles@hotmail.com



Mi papá es un tipo raro. Todo el que lo conoce sabe que Ramón Robles no “coge corte”; eso quiere decir que él piensa y actúa linealmente, que no reconoce puntos medios, cuando de la seriedad se habla: usted o es serio o es sinvergüenza, nada de más o menos.

Es por ello que no transige -ni siquiera ante sus más cercanos amigos y relacionados- si de la honradez se trata. Al principio yo creía que se debía a sus años de policía en el Departamento de Robos, pero luego descubrí que es un asunto visceral que mi Viejo expele por los poros. “Una cosa es ser honrado y otra es no haber tenido nunca la oportunidad de robar”; esta proclama retrata de cuerpo entero al policía suspicaz, al cocolo intransigente pero que razona y al hombre formado en la escuela de valores, en la familia tradicional.

Me he pasado la vida entera observando a mi Papá, pero no es sino hasta hoy, siete décadas
Mi papá y yo
después de que me cortaron el ombligo en Los Llanos, SPM, cuando me dispongo a compartir con mis amigos los diferentes enfoques que el Viejo le da a la vida.

Siendo cocolo y -¡a mucha honra! afirma de inmediato- el Primo se puede definir como un tipo cuadra’o, o sea, que no es fácil hacerlo rodar. No hay manera de meterle en la cabeza que un hombre pueda ser serio y marica  a la vez. “Es que esos dos verbos no se conjugan en el mismo tiempo”, afirma con soltura, mientras alardea de sus conocimientos gramaticales. 

Sin embargo, recuerdo también, el respeto, cariño y agradecimiento con que se refiere a cada uno de esos “hombres” que le sirvieron como cocineros en el Comedor Constelación, su antiguo negocio y que eran confesos homosexuales. Esta dualidad de criterio, evidencia que el viejo Mon siempre habla “de la boca pa’ fuera”, porque su corazón solo alberga bonhomía y sentido de paternidad. 

Eso, la paternidad, es quizás la medida más exacta de su catadura. “Si usted ha estado bregando con una mujer y ella le dice que salió preñá y que es suya la barriga, eso no se
Los Guloyas
discute. Ese muchacho es suyo, y si no lo es, cójaselo y críelo; que a fin de cuentas, puede salirle mejor que todos los otros. No se ponga a estar exigiendo pruebas, que esa vaina del ADN la inventaron para apoyar las sinvergüencerías de los bragueta floja”  

De poca formación escolar, Mon se enganchó a la Policía a comienzos de los 40’s y pidió su baja el mismo año que hicieron la Feria. Pero esa academia, que es la vida, le dio todos los conocimientos necesarios para dejarme una herencia de decoro y prudencia que ya quisiera yo poder transmitirla íntegra a mis descendientes. 

Tengo que proclamarlo a viva voz y con toda sinceridad: si yo soy gente en esta vida, es porque soy hijo de Ramón Robles; y desde luego, también he de agregarle que ¡a mucha honra! 

Cuando estaba próximo a cumplir los 92 años, me dijo con toda la autoridad que le confiere el deber cumplido al hombre: “Gallo, calcúleme los años en días; yo quiero saber ¿cuántos días es que realmente yo tengo sobre la tierra?” 

Hice los cálculos correspondientes y eso arrojó que al día de cumplir sus 92 años (en el 2016), mi Papá había vivido la friolera de 33,959 días. Con la cuenta hecha y revisada y la solicitud cumplida, pero intrigado por saber cuál era la razón de tan singular demanda, le pedí una explicación y con franqueza me dijo lo siguiente: ”Muchachón, para cumplir años hay que esperar mucho y yo no tengo tanto tiempo, déjame ir cumpliéndolos por día. Así yo celebro desde que me despierto y al otro día, vuelvo y cumplo otra vez y vuelvo a celebrar”. De tal manera que al momento de escribir estas líneas (03-26-2017) mi Taita ha visto 34,086 amaneceres.

Este razonamiento, que evidencia sin duda una preocupación, me hizo empezar a escribir sin demora los recuerdos que aun conservo de my father, antes de que el “viejito” ese alemán que llaman Alzheimer me los lleve por momentos y luego no pueda reconstruirlos con exactitud. 

Puedo recordar con claridad que vivíamos en San Francisco de Macorís en los años 50’s; pero no recuerdo haberlo visto jamás borracho, siempre ha bebido con moderación. Tampoco ha ejercido el celibato, pues considera  la soltería como una aberración. Es que Mon Robles nunca pudo dormir solo; hasta las siestas solía tomarlas con su mujer al lado. 

“Si mi mujer se acuesta ¿qué yo hago levanta’o? exclamaba con soltura, y eso talvez explique el porqué siempre madrugaba. Después que dejó la Policía, el viejo Robles por lo general se “acostaba con las gallinas” e indefectiblemente, sostiene con una sonrisa muy pícara que: “las malas noches se pasan acostado, que total, ni tan malas son”

También recuerdo que las últimas parejas del Zorro son todas más jóvenes que yo; y que varios de mis hermanos nacieron después que mis hijos. Es que “don Ramón no es fácil”, agrega convencida Mía, mi media naranja, una aguerrida y fiel defensora de su suegro.


Mi Padre habla de las mujeres con mucha galantería, especialmente las que pudo convencer de que seguirlo a él era mejor que “subir al cielo”. Sin embargo, siempre se vive quejando de todas. Será para parecer que es muy rudo con ellas o talvez en el fondo solo quiere encubrir su debilidad.

Por una parte proclama un razonamiento un tanto mañoso e irreverente pero muy sentido: “si las mujeres fueran tan buenas, ¿por qué Dios no tiene la suya?, ni el Diablo tampoco”. Pero a seguidas agrega: “si no fuera por esas malvadas ¡cuántos trabajos se pasan, carajo!”

Juan Ramón, uno de sus nietos, afirma que: “aunque él dice que prefiere las mujeres flacas, en eso de enamorarse, los hechos han demostrado que Abuelo no tiene prigilio”. Y yo que soy su hijo mayor  -por tanto el que más lo conoce- casi apoyo esa sentencia de mi muchacho, pero a decir verdad, y revisando mentalmente “la bitácora de guerra” del viejo Zorro, no veo anotada ninguna dama de volumen excepcional. Al preguntarle al respecto, me dice convencido: “es que pa’ gordo estoy yo, Mi’jo”

Con Robles y descendientes
Cuando se dobla la curva de las seis décadas, o sea, la edad de retiro forzoso del campo de batalla; cuando según el mismo don Ramón a los bateadores finos -los de promedio sobre los 300- a los que sacan a batear de emergente en la novena entrada y con el partido empatado; ahí es donde tienen que demostrar que son cañoneros de verdad; “ahí, cuando solo queda maña para competir con la energía, hay que matar por orgullo, aunque el infarto aceche”. 

Para entonces -los años 80’s- había una joven y esbelta mujer que pasaba frente a Constelación, temprano por las mañanas y que lo tenía medio alborotado. Con gran donaire y paso cadencioso, ella, cual Caperucita, se resistía a las propuestas del Lobo con un hermético silencio y la indiferencia propia de la última Coca-Cola del desierto. 

Un buen día él, desesperado por el desdén de la fémina, le arrojó a los pies un costoso bolígrafo que yo le había regalado, mientras le decía con dulzura, pero a modo de súplica y queja a la vez: “malvada, písame el lapicero aunque sea, que yo con eso me conformo”. Ella, sorprendida y sonriendo por la ocurrencia, se detuvo brevemente y lo miró …., y esa fue su perdición.

Pasado el tiempo le pregunté por el nombre de la damisela -que resultó estar casada- y con gran sobriedad me respondió: “Macho, los caballeros no tienen memoria; nunca recuerdan nombres, circunstancias, fechas ni lugares; y trate de no olvidarse nunca de ese principio”. 
Palabra de Dios, me dije yo a mí mismo.
  
Iván, el mayor de sus nietos, recuerda una conversación de esas que les dedican los viejos a los muchachos para “alinearlos”, mientras se apura un sorbo de café. Para entonces mi primogénito era un mozalbete y con la candidez de la edad y la osadía que da la confianza, le pregunta: ¿Abuelo y cómo es que usted puede bregar con mujeres tan jóvenes, siendo un hombre ya mayor? La respuesta, sin dudas, fue de antología.

“Oh muchacho, primero con la cartera. El hombre que no ‘camina’ nunca lo dejan que ‘llegue’ y después, si te aceptan en el ruedo, hay que ser como los finos gallos de pelea, que si no matan con la espuela, matan con el pico”

Hoy a más de treinta años de esa íntima parrafada entre abuelo y nieto, Iván me confiesa con una mezcla de orgullo y profunda afirmación:

¿”Te digo algo Pa’? Abuelo no es de este mundo, él vino de otra galaxia”.

Más luego, en otra entrega, les presentaré un retrato más formal de mi amigo de toda la vida. De ese Ramón Robles que aunque no recibió una gran formación escolar, siempre supo distinguir las posiciones políticas de avanzada y alinearse con los mejores intereses patrios.


¡Vivimos, seguiremos disparando!



La “música de calle” con versos alienantes, indecentes y soeces

La música popular y sus secuelas II


Por ROLANDO ROBLES


Mi hijo Juan Ramón es un cristiano “en ejercicio” que por lo general trata los temas sociales con cierto aire conservador, aun y cuando el ministerio del que forma parte, promueve una sociedad de fieles activos y con suficiente responsabilidad ciudadana como para no parecer una logia de la Edad Media o un rancio club de fundamentalistas religiosos. Es por ello que le asigno tanta importancia a sus opiniones, al escribir sobre temas del diario vivir.

Cuando leyó la primera parte de esta conversación entre Ricardo Viloria y yo, inmediatamente se sumó a la discusión, pero con un espíritu crítico y un enfoque que me pareció algo sorpresivo, viniendo de un hombre de Dios -igual que Ricardo- pero que a la vez resultaba muy interesante.

El corto texto que me escribió, parece decirlo todo: “Papi, tu trabajo es muy bueno al comienzo, conservador en los planos medios, pero muy radical e injusto en las conclusiones. El género urbano tiene mas influencia -por la violencia verbal- que la Bachata. Te auguro críticas de repudio por los amantes de la música de amargue, porque ellos son pro-mujer. Recuerda esa famosa canción que dice, que me la pegue, pero que no me deje”.

LA BACHATA

Sin proponérselo, mi hijo tan querido, varón y ciervo de Dios, me facilita el ambiente perfecto para tratar la segunda parte que prometí sobre el asunto en cuestión: la influencia de la Bachata en la ola de asesinatos de mujeres que hoy nos abruma tanto.

Ciertamente, los temas abordados por los bachateros son en general, una exaltación a la mujer, pero en el aspecto sexual puramente. Ahí es donde radica el problema, que el cantar de esos modernos y populares juglares, no reivindica la condición de ser humano de la mujer sino, los atributos corporales que la hacen apetecible, gustable, querible, disfrutable, por ese animal que habita en el cerebro de cada hombre-macho y que se pone en evidencia cuando la lujuria dice presente y su cuerpo trata -de manera incontrolable y automática- de convertirse en la irregular trípode humana, preludio y condición primitiva para asistir al banquete de la vida.

Juan Ramón -quizás por su juventud, pues apenas ha alcanzado las cuatro décadas- tiene un razonamiento desprovisto de toda malicia y confía en la ayuda de Dios para un claro discernimiento sobre los problemas terrenales del hombre. 

Y qué bueno que así sea, porque eso le garantiza -a él por lo menos- un juicio sobrio y reposado. Pero nosotros, los impíos, que no contamos con las herramientas que provee la Fe, tenemos que apelar al siempre sólido recurso de la Dialéctica, para abordar los asuntos sociales.

Cuando los poetas callejeros empezaron a traducir en versos los devaneos machistas por la conquista femenina o los infortunios generados en el rechazo por parte de ellas -que es a fin de cuentas el origen de la Bachata al final de los años 40’s- sentaron las bases de la trova que luego sirvió de soporte a los hoy llamados géneros modernos (reggaetón, rap criollo o de patio, merengue de calle, dembow, mambo callejero, etc.…etc.…)

Claro está que fue necesario el deterioro de la situación nacional en lo referente a la inversión de la escala de valores ciudadanos, para que desde los tugurios de los años previos al celebrado “centenario” de 1944 y con la poética bachatera como punta de lanza, llegáramos hasta los intrépidos exponentes de esos nuevos ritmos, incubados por lo general, en los cordones de miseria que hoy conforman nuestros barrios populares.

Y también se hace evidente que convertir la mitad de la población rural en “urbana”, sin la necesaria y obligatoria planificación por parte del Estado -siempre irresponsable y nunca previsor- solo podría desembocar en un gran hacinamiento humano, sin servicios básicos como electricidad, agua, teléfono, cloacas, etc.

A partir de esta realidad y con la indolencia mostrada por los gobiernos, tan consecutivos como inútiles, que siguieron a la decapitada dictadura de Trujillo, dichosos hemos sido todos de que buena parte de nuestros jóvenes cantores solo canten a la promiscuidad. Pudo haber sido peor.

DOS FENOMENOS

Como podrá notar mi querido “Nano” (Juan Ramón) hay dos fenómenos, simultáneos y dependientes el uno del otro, que hubieron de combinarse para dar origen a esa vigorosa corriente artística barrial: el hacinamiento humano-social traído por la migración indiscriminada y motivada por el abandono del campo, y la pérdida de los valores familiares y cívicos.

Es en ese laboratorio, donde se produce el trueque de intención que Nano advierte se registra en la copla barrial: de la exaltación superficial de la mujer, basada en la realidad del placer sexual que produce -que es el “alma” de la Bachata- se pasa a la degradación extrema de ese complemento obligado del hombre, que es la mujer.

Primero disminuyéndola como ser humano, luego reduciéndola a un simple elemento de consumo sexual y finalmente vejándola al imponerle la condición de “mantenida” y por tanto “propiedad de su macho”

Eso justamente es lo que proclama la “música de calle” en sus versos alienantes, indecentes, soeces y altamente contaminantes.

Con ese escenario de degradación permanente y continua de las féminas, cantaleteado en los nuevos ritmos populares: ¿puede alguien tener dudas de que “matarlas” al sentir el rechazo, sea el próximo paso, esté justificado o no el desdén?

Felizmente para mi, para Nano y también para Ricardo, no todo está perdido. Aunque hemos establecido el carácter pecaminoso de la Bachata en sus orígenes, sabemos que -en su momento- su poesía abandonó la cursilería del cabaret criollo y fue “limpiada”, “honrada” por algunos artistas nuestros, que la han colocado en el escenario mundial con bellísimas composiciones.

Y lo mismo esperamos que ocurra con los ritmos modernos, que sin duda, cuentan con exponentes de verdadero talento artístico, que riman con elegancia cuando la musa lo toca y que dejan un mensaje positivista para nuestra juventud.

De ellos, de esos cantores formales y formados que nos representan con tanta legitimidad, además de ese novedoso y absorbente ritmo llamado “merengue de calle” -un producto de exportación netamente dominicano- es que planeo hablarles en la entrega próxima.



rolrobles@hootmail.com  


7 diciembre, 2017

Sánchez Lamouth fue un hombre espontáneo en persona y en poesía








Juan Sánchez Lamouth, en el recuerdo…



Por: REGINALDO ATANAY


Uno de los poetas modernos más prolíficos, con que cuenta ahora la literatura dominicana, se llama Juan Sánchez Lamouth. 
Quien sepa que el vate murió hace años, a temprana edad, nos dirá: “Pero… él se murió hace tiempo”. Para el bregador de poesía, de arte… no hay muerte; como tampoco para el místico. Y en definitiva, para quien cree en la vida, no hay muerte. En la muerte creen los que siguen teniéndole miedo al cuco. Y… a ellos mismos.

Juan, partió al otro lado de la vida, cuando tenía cuarenta y pico de años de edad; y… un pico pequeño. Dejó una producción asombrosa.

Nos honró con su amistad, y compartimos infinidad de tragos y recitadera de poesía en los recovecos que están repartidos en la colonial ciudad de Santo Domingo de Guzmán.

En una sola noche. Bueno, no, en unas cuantas horas de una noche, Juan escribió un libro de poesías completo, que nos causó una honda impresión, por su pureza poética, por su espontaneidad… y sin rebuscaderas de palabras. No estamos seguros si ese libro fue “Otoño y Poesía”. Porque como no hemos sido dados a guardar recortes periodísticos de los que escribimos, casi nunca sabemos lo que publicamos en tal o cual fecha.

Pero una vez nos comunicamos con el querido amigo ya ido, el escritor, poeta e investigador mocano Julio Jaime Julia, y le pedimos de favor (Julio vivía la poesía y la música constantemente) que consiguiera ese escrito nuestro, sobre Sánchez Lamouth, hace años, en el suplemento literario de El Caribe, escrito que luego, el mismo poeta, al gustarle, que lo puso como prólogo en no de sus libros. Nos lo hizo llegar. Y de los pocos recortes que guardamos con fruición, ése es uno.

Ese libro de que hablamos, Sánchez Lamouth lo escribió… “durante media botella de ron”, que fue lo que nos bebimos y, a veces, acompañados de una vela, porque en el sitio, la luz falló. Porque “en aquel tiempo” -como casi ahora mismo-no había para más.

Sánchez Lamouth tenía un amor platónico hacia la doctor Josefina Pimentel Boves, quien a la sazón era gobernadora de la provincia de San Cristóbal. Casi todas las semanas, el poeta “levantaba” los pesos necesarios, para ir a la casa de la gobernadora, quien lo trataba con cariño; un cariño que siempre Juan buscó y que pocas veces encontró en su medio ambiente. Allí iba a hablar de poesía… y a comer.

Juan Sánchez Lamouth
Porque el poeta hizo un curso avanzado de pasador hambre; como muchos de su especie.

En uno de esos viajes a San Cristóbal, parece que un trago le hizo una mala jugada… y lo estropeó un auto, fracturándole una pierna.

Años después conocimos en Nueva York a la doctora Pimentel Boves, de quien nos hicimos amigos, y nos sentimos “como si hubiéramos sido amigos siempre”. Una mujer de temple, con don de gente. Y repartidora de cariños.

Le comentamos entonces, que una vez, Sánchez Lamouth nos dijo que “le gustaba” doña Josefina. Y que quería casarse con ella. Pero él no se atrevía a decírselo. Doña Josefina rió a mandíbula de batiente y repuso: “Si, ombe, pero ¡imagínese usted! Yo lo admiraba como poeta, como persona, pero nada más. Lo veía quizás como a un hijo, pues era un alma noble”.

Quizás el espíritu del poeta hizo que la amistad nuestra con doña Josefina creciera un poquitín, ya que sosteníamos esporádicos encuentros, cuando ella venía a Nueva York, y ella se hospedaba en la casa de nuestra madrina de matrimonio eclesial, Minerva Bernardino.

Porque en casa de doña Minerva, Luz y nosotros nos casamos por la iglesia, con la bendición de nuestro hermano del alma, el presbítero Milton Ruiz. E interpretó la Marcha Nupcial, de Mendelson, al piano, otro carísimo amigo: Oscar Luis Valdez Mena. Y hubo una sesión de alegría inconmensurable con esos y otros amigos, entre ellos otro a quien queremos y admiramos: Rafael  -Bullumba- Landestoy.

Sánchez Lamouth, entre los pocos empleos públicos que tuvo, uno fue el de recibidor, en la Dirección de Rentas Internas, cuando la oficina estaba en el Palacio de Borgellá, frente al Parque Colón.

El otro empleo fue el de guardián del Parque del Faro, que estuvo en la parte del Malecón llamada Paseo Presidente Billini esquina a la calle 19 de Marzo.

Sánchez Lamouth fue un hombre espontáneo en persona y en poesía. Muchos de sus libros fueron editados por la Editora del Caribe, C. Por A., cuando de ella era administrador Elías Arbaje Ramírez.

Los libros que publicó allí el poeta, fueron “de balde”. Don Elías ordenó que “no le cobraran un chele” para que Sánchez Lamouth, luego, “se defendiera” con la venta de los ejemplares.

A veces, cuando nuestra menta vaga por los espacios siderales, hurgando, y “metiéndose en lo que no le importa” enviamos uno que otro mensaje de cariño fraterno a ese hermano de trago y sonrisa perenne.

Porque así como era espontáneo en su producción poética, espontáneo lo era en la vida diaria. Como en la vez aquella en que pasó un susto tras el cual consiguió una casita en el barrio de Los Mina, en el sector oriental de Santo Domingo.

Fue la vez en que se asomó al dictador Rafael L. Trujillo, cuando éste hacía uno de sus habituales paseos por el Malecón de Santo Domingo.

Sánchez Lamouth siempre usaba saco, pero era él desgarbado y abandonado; y no se preocupaba por lucir bien. Al aproximarse a Trujillo, los de la escolta lo agarraron y físicamente lo agredieron. Trujillo ordenó que lo dejaran tranquilo. Y que lo dejaran hablar.

Y el poeta habló:

–Jefe, es que esta gente son una vaina. Yo, lo que soy es un jodido y quiero que usted me ayude.

Trujillo rió de buena gana, y ordenó que “lo atendieran”.

El poeta vivía en un rincón de aquel barrio santodominguense… y le dieron “su casita”.

Y Juan Sánchez Lamouth siguió trabajando la poesía (y los tragos).

Hasta su muerte.

Meditación

Para la meditación de hoy: ¿Cuántas veces haz sido tú mismo ante los demás? Porque a veces, queremos que otros nos miren y sientan de manera distinta a como somos. Es, cuando no nos queremos a nosotros mismos, y ansiamos ser “otro”. La ventaja de ejercer nuestra propia identidad, es que nos afincamos en nosotros, y así, la intimidad con nuestro Yo, crece. Y al crecer la confianza en nosotros… se sueltan cables viejos que nos ataban a complejos. Y entonces crecemos. Y nuestra capacidad para vencer obstáculos, se hace grande.




1 marzo, 2005

Los poetas callejeros cantan al medio ambiente; contaminado y contaminante...


La música popular y sus secuelas

El laboratorio donde se cultiva la música 
popular del momento. Nuestros jóvenes cantores 
cantan a la pobreza, a las inequidades, 
a los antivalores, al narcotráfico, 
al crimen, a las injusticias.



Ricardo Viloria es un amigo recién estrenado por mí. Hace cosa de un año que lo estoy tratando y por momentos, tengo la sensación de que ambos aprendimos a leer en el libro Mantilla, esa joya de la didáctica donde nos alfabetizamos casi todos los “babyboomers” dominicanos. Sin embargo, Ricardo puede ser perfectamente hijo mío, pues nos separan unos cuatro lustros, mal contados.

El hilo que nos conecta, parece ser la formalidad en el trato que me dispensa este joven-viejo y el “chapado a la antigua” de su razonamiento. Por eso siempre disponemos de espacio para tratar los asuntos sociales y políticos. Y justamente, de esos intercambios de ideas -coincidentes por lo general- es que resulta el planteamiento que hoy quiero compartir con mis amigos lectores.
La vida de James Brown, ese semi dios de la música
James Brown
popular, fue sin dudas, un monumento a la interpretación del ruido bosque en el asfalto de la ciudad. Artísticamente, él en persona estableció el puente natural que condujo los acordes de la vieja plantación hasta los modernos rap y hip-hop de los centros urbanos. Su vida fue en cierta forma, un reflejo de su trayectoria musical; realmente novedosa e innovadora, pero sobre todo, portadora en algún grado de la denominada “violencia revolucionaria”, tan propia de la época de la “guerra fría”.

Por eso a nadie le caben dudas de que Jimmy es uno de los grandes de la música citadina. Se puede afirmar que todos, absolutamente todos los que hoy iluminan el cielo artístico de las grandes muchedumbres, están en deuda con este divino loco del escenario. No hay artista blanco o negro actual que no deba algo a Jimmy Brown, desde los intérpretes y músicos hasta los coreógrafos y bailarines.

Y qué bueno que así sea. Qué bueno que sus herederos hayan escogido lo mejor de su legado, rechazando mayormente, la vorágine de su vida particular; de su “vida loca”, para decirlo con el tono del momento. El que nos muestra Ricky Martin.

Es en este marco de comparaciones y razonamientos que Ricardo Viloria pronuncia las palabras claves; el juicio personal que genera esta modesta perorata mutua: “Rolando, pero la música no solo influye en la música y en los artistas; hay áreas de la vida diaria y el espectáculo que son afectadas por los ritmos y cadencias que en determinados momentos dominan el dial; porque tú no puedes negar que entre el Reggaetón y el Basquetbol actual hay ciertos vasos comunicantes, cierta analogía en los movimientos, los escenarios y las interpretaciones”.

Ya en territorio minado por el razonamiento acucioso y penetrante de Ricardo, deambulamos durante buen rato; buscando y encontrando esas herencias de las canciones mas sonoras y de los ritmos mas contagiosos.


Está claro que los poetas callejeros cantan al medio ambiente; y si éste está contaminado, su lírica también será contaminada y por supuesto -y esto es lo peor- también será contaminante.

El Lápiz Cociente
La desigualdad social genera a su vez los males sociales, que son al final de cuentas, el laboratorio donde se cultiva la música popular del momento. Nuestros jóvenes cantores cantan a la pobreza, a las inequidades, a los antivalores, al narcotráfico, al crimen, a las injusticias. Y al idealizarlos, los promueven y los hacen parte del diario vivir de todos, especialmente de la juventud expuesta a la marginalidad social. Es así como se teje y fortalece el círculo vicioso, creando y generando falsos paradigmas.

E indefectiblemente, caímos en la “bachata”, esa muestra del alma nuestra que particularmente cantaba a las bajas pasiones en sus orígenes y que los entendidos -entendiendo o sin entender- eufemísticamente etiquetaron como “música de amargue”, “amor de vellonera” o simple “desamor”. Al Pasar el tiempo, su trayectoria fue modificando el rumbo, y de las cursis historias de los años sesenta, pasamos a la poética mas formalmente romántica y a la mezcla con mayor elegancia de los elementos sonoros.

Víctor Víctor
Pero este es solo el “lado amable” de la bachata; que al escalar los nuevos escenarios e internacionalizarse, subió de categoría. Como sucede con la antigua prostituta, que al ser “honrada” por nosotros con el
matrimonio, la convertimos en la “señora” de la casa. Y sin dudas, en esta entrega de amor desinteresado y 
fortuito, los celestinos responsables fueron Víctor Víctor, Juan Luis, Zacarías, El Torito, Joe Veras y otros tantos maniáticos rimadores, excelentes componedores y consagrados intérpretes.

Ahora, aunque la prédica religiosa habla de arrepentimiento total y entrega plena a los nuevos y buenos designios, en el campo social siempre hay un remanente o una manifestación colateral que denota lo pecaminoso del pecado original, que siempre resulta absorbente y seductor. Hay un gran lastre en la elegante y exquisita bachata del momento y no es exactamente por ella misma sino, por los sentimientos y valores que ha impregnado en el público corriente, en el pueblo trabajador.

¿Cuáles pudieran ser las consecuencias más importantes de estos 60 años de bachata que han transcurrido, y muy a pesar del avance que ha alcanzado, tanto en la lírica como en el ritmo?

Ahora la nota de discordia la aporto yo, que pienso y sostengo que la nueva ola de asesinatos de mujeres por parte de sus parejas, exparejas, novios y pretendientes y que todos hemos consentido en denominar como
“feminicidios” -incluida la Academia de la Lengua Española que hubo de aceptar el vocablo- es una de las secuelas negativas de la lírica pasional de nuestra insigne bachata.

Pero eso sería “harina de otro costal”, que Ricardo y yo discutiremos, y que les presentaré en una entrega por separado.

¡Vivimos, seguiremos disparando!




 30 de noviembre, 2017