martes, 15 de diciembre de 2015

¡Ofrézcome!



La homosexualidad es una desviación de la sexualidad...

Como la pedofilia, la necrofilia, el bestialismo, 
el sadomasoquismo y muchas otras, etc.,
 es como decir que las enfermedades
son otra manera de ser y de existir.


Reynaldo Vargas*

     Parece que las sociedades, la política y la ciencia pasan por un ataque de nervios, un brote sicótico colectivo o algo por el estilo; quizás, experimentando una enajenación o viviendo una realidad paralela en un mundo bizarro en modo historieta de Supermán, al volvernos protagonistas de un poco gratificante espectáculo. Como un sarcasmo de la vida, nos vemos, sin saber cómo ni desde cuándo ni por qué, remolcando un raro afán de ruptura con la higiene mental, atrapados en un  contaminado torbellino que nos fuerza a claudicar ante aviesas maniobras de quienes dominan la geopolítica, que nos empuja cada vez más hacia las siempre escabrosas barrancas del azar.    

     Nunca he temido llamarle la atención a alguien, de criticar, de sugerir  cosas, de  incordiar  -lo que me ha metido en más de un embrollo- y, aunque lo he hecho cuando siento es inevitable, creo que hasta me ha llegado a gustar quebrarle el sutil y suave compás de la vida de uno que otro sujeto. Cónsono con ello y debido a mi congénita malicia, me atrevería a decir -y es que soy realmente atrevido- que negar que la homosexualidad es una desviación de la sexualidad (como la pedofilia, la necrofilia, el bestialismo, el sadomasoquismo y muchas otras, etc.) es como decir que las enfermedades son otra manera de ser y de existir. Pero, ni modo, al fin y al cabo, la humanidad interpreta lo que le importa y  sólo defiende lo que le gusta; pero, no tarda en lanzarse a defender lo que no le gusta  cuando, de algún modo, le conviene.

      No se trata de errores o de despistes, como tampoco es frivolidad o ignorancia el adjetivo para definir una actitud intransigente de defensa obligatoria a la homosexualidad, sino el efecto tangible de la evidencia de un pensamiento absolutamente malogrado. Usted apoya -sí o sí, con jolgorio incluido- a los homosexuales o usted  es  crucificado inmediatamente por homofóbico. Y  no me refiero a  cambios de opinión en los individuos, me refiero a cambios definitivos de actitud en la sociedad toda, a cambios profundos en el patrón natural de la mentalidad humana, a cambios de valores intrínsecos de nuestra cultura, cuando se pretende imponernos a la fuerza un séptico diseño de relaciones íntimas como es el de tener sexo con una cloaca dentro de una cloaca.

     No cabe duda  que, de no gustarle haber apelado desde sus orígenes a un hombre y a una mujer como precepto antropológico inobjetable para perpetuar la especie, a la naturaleza le habría bastado con colocar en el tablero a un diligente e impúdico diablillo hermafrodita al estilo del diminuto pez teleósteo llamado Hipocampo -mejor conocido como caballito de mar- para resolver el dilema. El hecho de que exista la homosexualidad no significa que sea una conducta sexual normal, como tampoco son normales, aún existan, las anomalías congénitas.

     No estoy diciendo que la homosexualidad tenga un origen congénito, sí digo que ese tipo de desviaciones -al igual que las congénitas-, son producto de prueba, ensayo y error durante millones de años de evolución de modo que, la carga de ADN a transmitir esté libre de toda tendencia de simpatías receptivas hacia las pifias dejadas en el camino y, en su lugar, transfiriendo de generación en  generación el rechazo a las mismas  para que sólo continúen los más aptos, según el esquema biológico trazado. Y en eso estamos.

     Parecería impensable que, en un vuelco paradójico de la historia, los siquiatras, portadores de conocimientos excepcionales de las interioridades de la mente, prefieran -igual que los patéticos políticos- dejar de ser profesionales tan especiales, sólo para  sucumbir ante la depravación de unos desquiciados que han hecho  de los excrementos su más exquisita fantasía como aderezo de su propio lecho. ¡Ofrézcome, este cuento si ha cambiado!


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* Doctor en Medicina, especialista en Cirugía Cardiotorácica y Vascular
Graduado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo en 1976, posgrado en el Instituto de Cirugía Cardiovascular Bakulev. Academia de Ciencias Médicas de Rusia, en Angiología y Cirugía Vascular Central y en Madrid, España en Cirugía Cardiovascular y Torácica Periférica.
 


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