viernes, 17 de octubre de 2014

Desmenuzando nuestra Historia


                               
Recordando a Jean Jaques Dessalines en Galá

Por Fernando Casado

Todos los que hasta hoy han historiado el tema lucen no haber analizado a fondo, con incisiva filosidad concienzuda, el evento de Galá de 1805. En materia tan delicada como es La Historia, el sentido común nos obliga a auscultar con minuciosidad exigente, las evidencias planteadas entre lo posible o lo imposible. Entre lo creíble y lo que debe ser revisado. En este caso, el simple suceder de los eventos contradice el comentario histórico. Cuasi-leyenda, que parece fermentar de las confusas y frívolas fuentes haitianas, mantenida bajo cuestionamiento. Objeto histórico manoseado interesadamente. Indelicada fábula mito-maníaca, validada de boca en boca, sin que hasta ahora no nos preocupáramos en detenernos a analizar a profundidad los laberintos del tema. Eventos del suceder, de grave incidencia histórica, ligados a aspectos insoslayables de nuestras tradiciones musicales, que obligan a ser definidos y aclarados, cuidadosamente racionalizados, antes de ser guardados para siempre, dignos de memoria como verdades eternas, en el tesoro imborrable de nuestros acontecimientos como pueblo y nación responsable y noble a la hora de depurar su Historia.

Simplemente, carecería de lógica afirmar que el haitiano conociera el Carabine en Gaillard (Galá, sector de Arroyo Hondo). Todavía menos creíble, atribuir a “prisioneros dominicanos” frivolidades fiesteras en tan terribles y desamparadas circunstancias. Ubicándonos en tiempo y espacio, hubiese sido, aberración criminal de apocalíptica Traición a la Patria. Muestra cobarde de denigrante debilidad contemporizadora, inconcebible en el alma dominicana, en aquel momento de exterminio implacable para el nacimiento de la nacionalidad. Veamos: ¿Llevaban instrumentos en vez de armas? ¿Con cuales mujeres bailaron aquellos prisioneros? ¿En plena guerra de exterminio, eran prisioneros condenados a ser destripados, como era su salvaje costumbre, o eran “integrados” a la fiesta de aquella soldadesca beoda, a merced de la ferocidad del odio haitiano? ¿Soldados prisioneros condenados a muerte, en medio de aquella hecatombe, ¡¿bailaban?! ¿Eran amarrados como andullos y vejados hasta la hora sangrienta, o, a quién se le ocurre, permanecían sueltos y contentosos? Complicado baile de parejas y figuras como es el Carabine, de bastonero, paseo, gestos, particular coreografía y voces indicadoras para su orientación: ¿Enseñado con ecuánime simpatía profesoral a una belicosa soldadesca descalza y su voluptuosa “madrina”, aguardando ser desbarrigados como bestias por cualquier capricho irracional, en medio de rituales diabólicos, desbordados en borracheras dantescas de “sangre bebida con aguardiente”?.

Subjetiva presunción, sin ningún asidero lógico que la avale, pretender que aquel Carabiné “lo vieron bailar a los prisioneros dominicanos”, sin tomar en cuenta la gravedad de aquel momento abismal y la sagrada causa defendida. Sin alternativas, ni puntos medios: Patria o Muerte. No fue nunca “civilizado” el estilo brutal, animálico y la violencia ciega y despiadada de los que intentaban borrar esta Nación de la faz de la tierra y quebrantar para siempre el alma de los dominicanos. Intuimos cual sería la entereza rotunda ante el sacrificio, de aquellos decididos dominicanos que tuvieron que enfrentar el destino como franceses, precisamente, para no ser haitianos. Sería absurdo pretender que “bailaban” los “prisioneros dominicanos”… en todo caso… rezaban… a su Virgencita de la Altagracia.

Enfoquemos las evidencias históricas sin subjetividades acomodadas. ¿Contra que clase de infierno se enfrentó esta Nación? Crímenes inhumanos y sacrilegios sin Dios, inconcebibles de un ser civilizado. La animalidad desbocada, desfogando su cólera rabiosa contra un pueblo desamparado e indefenso. Inundando de cadáveres los caminos para que “lo comieran los perros”. Incendiando la Iglesia de Moca con 500 personas a puerta cerrada, 40 niños degollados y el holocausto salvaje al primer Santiago de América, humildes ciudadanos arreados en manadas como bestias hasta la capital de aquel mundo sin Dios. Y… ¡¿Bailaban los prisioneros dominicanos?! Estos trágicos hechos son una estocada profunda irreparable, para preservar por siempre en la memoria histórica,  ante el odio destructivo y la perversidad atea que hierve en el alma anti-dominicana de aquella gente, quienes nunca han tenido la delicadeza de preocuparse en reparar tan monstruosas heridas históricas, antes más bien, hasta hoy en día, irritarlas. Escuchemos elocuente la voz y el temperamento de la historia cuando la frustración haitiana abandona el mentado cerco de Galá:
“Empujaron delante de ellos el resto de los habitantes, de los animales y bestias… redujeron a cenizas los pueblos, aldeas, hatos y ciudades y llevaron por todas partes la devastación, el hierro y el fuego y no perdonaron sino los individuos destinados por S. M. a ser conducidos como prisioneros”. (Informe del Gral. haitiano Bazelais del día 28, fecha del levantamiento del sitio de Galá. Rodriguez. Demorizi).

Veamos. El sitio a la ciudad de Santo Domingo duró apenas 22 días y según la información haitiana, Eufemia Dagüilh, la desbordada “cortesana” que alborotó los entusiasmos “carabinescos” de aquella soldadesca, no estuvo desde el principio con la tropa, llegó para reunirse con S. M. unos días después, lo que reduce el tiempo físico para ser protagonista de aquel Carabiné; unió su cimbrear de caderas a la lujuria haitiana, lógicamente, cuando hubo garantías de seguridad y “tranquilidad” suficientes en el frente de guerra: ¡Que nunca las hubo!. No hay referencias del momento en que se incorpora al necesariamente improvisado “lecho” de soldado de su “majestad”, pero es evidente que los dominicanos se encargaron de que tanto su presencia y frivolidad morbosa, así como sus estridencias danzárias de aposento, no fuesen lo suficientemente relajadas. Acerquemos el oído a los partes de guerra haitianos, si es que el cañoneo y la estridencia de la fusilería furiosa de los Patriotas dominicanos nos permiten oírlos. Es marzo de un año trágico e inmerecido …

Día 6: “Llegamos a media noche a la estancia de Gaillard, distante una legua y cuarto de la ciudad de Santo Domingo” ( Galá. Sector Arroyo Hondo) donde “S. M. fijó allí su cantón imperial. Formó su guardia de 2,500 sacados de las diferentes compañías de granaderos y de varias brigadas, e intimó a Ferrand por escrito, así como a los habitantes de la ciudad, a que le entregaran la plaza y que se sometieran a su autoridad: al anochecer, el enemigo (los dominicanos) quemó la población de San Carlos”.

Día 7: Al amanecer, “a las ocho de la mañana, el enemigo (los dominicanos) comenzó a cañonear y sin descansar…”, no obstante “los generales Gabart y Petión recibieron la orden de ir a reconocer las afueras de la plaza y de visitar, lo más próximo posible, las posiciones más ventajosas”…“estos generales hicieron tomar a sus tropas sus posiciones respectivas”; “ya para este día las dos divisiones del Norte, comandadas por Cristóbal, se les habían unido en el campamento imperial…”


Día 8: Mientras Dessalines inspeccionaba los trabajos y posiciones en compañía de Cristóbal y Clerveaux “en el momento en que él se presentaba al campamento del general Gabart, el general ayudante Damestois fue herido con una bala de cañón, herida a consecuencias de la cual expiró dos horas después”… “el fuego de la ciudad y de las trincheras continuó sobre nosotros durante todo el día”.
Día 9: “El enemigo (los dominicanos) después de haber hecho llover sobre nosotros gran cantidad de balas de cañón, bombas y granadas, efectuó una salida contra el general Magny. La tropa… se arrojó sobre ellos, los derrotó y los persiguió vivamente hasta sus murallas. Dos de nuestros valientes soldados perdieron la vida en este combate; tres fueron heridos; el jefe del batallón Lerebours fue herido levemente por una metralla”.

Día 10: “no se hizo notar sino por la entrada de un parlamentario inglés en la plaza”.

Día 11: “como a las ocho de la mañana, el enemigo (los dominicanos) marchó en tres columnas; la primera, dirigida contra el general Gabart, no se atrevió a atacarlo, y se unió a la segunda para dirigirse contra el general Magny. Apreciando la ventaja que ellas podían sacar de la iglesia de San Carlos, se aprovecharon del abrigo que les ofrecía este edificio y dirigieron sobre nosotros un fuego vivo y pertinaz”. El coronel Cupidon “viendo que una tercera columna avanzaba para rodear nuestra posición… se lanza sobre el enemigo (los dominicanos)”. “El enemigo (los dominicanos) fue  pronto destrozado y puesto en fuga; un gran número quedó en el pavimento, varios fueron hechos prisioneros… nosotros perdimos por nuestra parte ocho soldados de infantería. Apot, teniente de granaderos, fue muerto; Boulan, capitán, fue herido mortalmente; y el intrépido jefe de brigada Julián Cupidon, murió de un balazo en la cabeza… De la ciudad no han cesado de enviarnos bombas y balas de cañón durante el resto del día y una parte de la noche”.

Día 12: “el general Geffrard llega con su división… Entonces S. M. ordenó al general Petión replegarse y apoyarse en el general Magny;… la división fue a apoderarse del terreno que acababa de ser evacuado. Las tropas del general Cristóbal, después de haber sido obligadas a pasar el río Isabela y de remontar por más de ocho leguas el curso del Ozama para poder vadearlo, llegaron a su destino. Tan pronto como el enemigo (los dominicanos) las descubrió, lanzó contra ellas gran cantidad de bombas y balas”.

Día 13: “muy de mañana, los generales Cristóbal y Clerveaux dieron frente al enemigo (los dominicanos), e hicieron algunas descargas contra los buques fondeados en el río… La plaza respondió también vigorosamente y mezcló el fuego de fusilería con el fuego de artillería”.

Días 14 y 15: “el enemigo (los dominicanos) continuó cañoneando y bombardeando”.

Día 16: “un correo encargado de las correspondencias y despachos extranjeros llegó al campamento imperial; S. M. después de haberse enterado de ellas, ordenó a todas las divisiones aproximarse a un tiro de pistola de las murallas de la Ciudad”.

Día 17: “S. M. hizo visitar los nuevos trabajos; el enemigo (los dominicanos) cañoneó y bombardeó el puesto Magny”.

Día 18 al 22: “el enemigo (los dominicanos) no cesó de dirigir sus fuegos sobre todos los puntos”.

Día 23: “las diversas divisiones aproximaron sus líneas hasta tocar las murallas de la plaza. La artillería enemiga (de los dominicanos) mantuvo un fuego terrible sobre las divisiones Petión y Geffrard.  A las tres de la tarde, los sitiados hicieron una salida, se escurrieron a lo largo de las murallas y avanzaron hasta las orillas del mar. Juste Vancol, jefe de la 17*media brigada… se arroja sobre el enemigo (los dominicanos), hace en él una horrible carnicería y lo obliga, a punta de bayoneta, a entrar en la ciudad. Nosotros perdimos en este combate al ayudante mayor Kiebro y algunos soldados de infantería. Un sargento quedó con una pierna desbaratada de un cañonazo, y un caporal fue atravesado por los riñones de un metrallazo”.

Día 24: “no se señaló sino por la llegada del general de brigada Gérin y la de un tránsfuga americano”.

Día 25: Dessalines “hizo dar la orden de reunir todos los habitantes y reducirlos a prisión para que, a su primera orden hacerlos pisotear por las acémilas y otros animales, al llegar a la parte haitiana”.

Día 26: “el Emperador conferenció con los generales consejeros de Estado; les manifestó la necesidad de dar un asalto y les dio la orden de ocuparse prontamente en los preparativos necesarios para ello. Un bergantín de guerra y un falucho se presentaron en la boca del Ozama e hicieron una señal a la ciudad, la que les respondió”.

Día 27: “a las tres de la tarde, los generales Petión y Geffrad llamaron la atención de S. M. sobre una división francesa de cinco grandes buques, de tres fragatas, dos bergantines y otras embarcaciones de guerra. A las cuatro, los sitiados (los dominicanos), después de un fuego terrible de las murallas hicieron una salida general contra los generales Magny, Petión y Geffrard. Después del combate que duró dos horas y media, el enemigo (los dominicanos) acosado por todas partes y en completa derrota recurrió a la fuga y precipitadamente se refugió en el portón de la ciudad, dejando el terreno sembrado de cadáveres, abandonando sus heridos y varios prisioneros”.

Día 28: “en la mañana se comenzó a desembarcar las tropas; nosotros juzgamos, según varios informes, que ese refuerzo podía apreciarse en cuatro mil hombres… en consecuencia dio a los principales jefes la orden de evacuar el país y a las dos de la tarde, la caballería se extendió por todos lados, destruyendo y quemando todo lo que encontraba a su paso. A las once se levantó el sitio de la plaza; el ejército en el mayor silencio dejó sus posiciones y se retiró en tan gran orden, que el enemigo (los dominicanos) no advirtió que hubieran abandonado el sitio. En virtud de la últimas instrucciones de S. M. dejadas a varios generales, éstos empujaron delante de ellos el resto de los habitantes, de los animales y bestias… redujeron a cenizas los pueblos, aldeas, hatos y ciudades, llevaron por todas partes la devastación, el hierro y el fuego, y no perdonaron sino los individuos destinados por S. M. a ser conducidos como prisioneros”.

“Así concluyó una campaña en que todas las ventajas estuvieron constantemente de nuestra parte, en el que el enemigo (los dominicanos) no cesó de ser completamente vencido. Así pues levantado el sitio de una plaza que no debió su salvación sino a un acontecimiento tan afortunado como inesperado, y a un cúmulo de circunstancias más dignas que una semejante conquista para llamar la atención del pueblo guerrero que la tenía en jaque”.
“Hecho en el campamento Imperial de Lavilla, el 12 de abril de 1805, año II de la Independencia de Haiti”.
El General, Jefe de Estado Mayor General, firmado Bazelais. (“Invasiones Haitianas”, Rodríguez Demorizi ).

   Los dominicanos enfrentaban en esta guerra la crueldad de elementos prejuiciados de naturaleza primitiva y bárbara, y no resultaría racional, luego de haber revisado día por día los partes de guerra, en los cuales Dessalines, lógicamente, solo reflejaría una visión acomodada de la lucha para justificar su fracaso, considerar que durante un cerco de 22 días, en jaque, en medio de las terribles circunstancias de una guerra de exterminio, podrían propiciarse: tiempo físico, el necesario y adecuado sosiego o el momento ideal y tranquilo para la abstracción inspiradora de la creatividad musical. Es forzoso entender que la creación de un nuevo ritmo o género, amén del imprescindible proceso alambicado en la conjugación de factores en el tiempo y el ambiente, que toda creación Cultural necesita para poder fraguar y establecerse, no puede ser nunca el fruto de la improvisación y el amateurismo, como bien señalara doña Flérida de Nolásco, por agraciados que sean los entusiasmos eróticos de aquella negritud o la desbordante hermosura física que estas circunstancias pudieran tener.

Descalifica, de plano, la posibilidad de la creación haitiana del carabiné, el hecho de que no solo tendrían que haber inventado o aprendido el ritmo de un nuevo género, sino además establecer la arquitectura de su instrumentación y elaborar su complicada coreografía y parafernalia, en menos de 22 días y en mitad de una guerra sin tregua. Además, hubiera sido indigno de los dominicanos recrear y adoptar ritmos y coreofruslerías de un género de muy breve y casual contacto, cuya presencia estaría signada a los recuerdos de las bestialidades haitianas, esto en caso de que diéramos validez a la creatividad liviana de la Dagüilh. Cualquier cosa de origen haitiano resultaba una intolerable afrenta antipatriótica; sería inconcebible e ilógico que algo haitiano tuviese permanencia en Santo Domingo, después de la apocalíptica retirada, cuya huella sangrienta de degollinas, incendio de pueblos e iglesias, robos, atropellos y bestialidades sin nombre, marcarían un rastro de rencor odioso mucho más incisivo, profundo y permanente en nuestra conciencia y cultura de rechazo a lo haitiano, que cualquier frivolidad musical de su autoría.

Afirmamos, sin dudas, que el Carabiné, nombre sobre-impuesto por el invasor, es lo que se denominaba “Tumba”, entroncada a nuestras tradiciones originales españolas (Andaluzas), cuyo rastro hasta ahora habíamos perdido, y posteriormente fuera escuchada y adoptada por estos, no en 1805, sino en 1801, cuando sí aparecen referencias objetivas y racionales, durante la impostora irrupción de Toussaint Louverture.

   No resulta nada realista, la tesis elaborada por nuestro respetado Fradique Lizardo, evidentemente desconcertado, desarmado y planteándose los mismos argumentos, la misma lógica de sentido común que nosotros, tratando de encontrar una explicación racional, que no sugieren las caprichosas referencias conocidas y descartando, tácitamente, el absurdo de que “bailasen” aquellos “prisioneros” en Galá.

   Lizardo abre la posibilidad de que el lugar donde los haitianos vieran bailar el Carabiné fuese en el “pueblo” extramuros de San Carlos. Citamos: “Tomando en cuenta la proximidad de San Carlos, que era una población fundada y habitada por canarios y cuya calle principal aún se llama Los Isleños, y dadas las semejanzas entre ambos bailes (Se refiere a la Isa Canaria y el Carabiné), no es nada arriesgado suponer que los haitianos vieron bailar a los moradores de San Carlos, prisioneros o no, el baile típico canario y al agradarles, quisieron aprenderlo”. Es obvio que Lizardo no tuvo a mano la relación de los partes de guerra haitianos.

    Según los partes de guerra, llegaron el día 6 “a la media noche a la estancia de Gaillard (Galá),“a las ocho de la mañana, el enemigo (los dominicanos) comenzó a cañonear y sin descansar…”. Ese mismo día 6, “al anochecer”, fue incendiada “la población de San Carlos”. A menos de 24 horas de la llegada de las tropas haitianas, San Carlos no existía. Es de suponer que su población, anticipadamente informada, tan pronto tuvo noticias de la amenaza haitiana supo protegerse detrás de las murallas. Obsérvese que no se reportó resistencia alguna, ni bajas de ningún bando, ni se hace mención de haber tomado prisioneros. Se atribuye el incendio de San Carlos, según el parte de guerra, a los propios dominicanos, lo que resultaría ilógico. Aunque para los fines deja dicho lo mismo. Si hubiesen sido los propios dominicanos quienes hubiesen incendiado el pueblo de San Carlos como insinúan las fuentes haitianas, estaríamos dando fortaleza a la mas clara evidencia, que establece, rotundamente, cuan lejos estarían los dominicanos, fuese en Galá o en San Carlos, de “bailar” o contemporizar para o con, los haitianos. Todavía el día 11 “como a las ocho de la mañana”, y en una referencia a nuestras tropas, dice: “Apreciando la ventaja que ellas podían sacar de la Iglesia de San Carlos, se aprovecharon del abrigo que les ofrecía este edificio y dirigieron sobre nosotros un fuego vivo y pertinaz”. Es obvio que, en ese momento, solo la Iglesia, que aun pervive, estaba en pie y el pintoresco y trágico San Carlos había sido arrasado por las llamas.

En las “Memorias” de Arredondo y Pichardo, recogidas por Rodríguez Demorizi en “Invasiones Haitianas” aparece un dato que apunta con claridad en que etapas pudieran los invasores haber tenido contacto y tiempo para adoptar su versión de nuestra “Tumba”, que luego apodaran “Carabine”. La ocurrencia del evento es en Santiago de los Caballeros. Citamos:“En el tránsito de un gobierno a otro (se refiere a la cesión de nuestro territorio del gobierno español al gobierno francés, usurpado por el haitiano), sufrimos los naturales toda clase de insultos, salvando los peligros que teníamos encima, de una gente que ya abatida por los blancos, no economizaban la bayoneta o el sable, donde quiera que fijaba la vista, mientras le quedaba el momento de hacer el mal, y tomar la venganza, a pesar de la vigilancia con que se les observaba, pues durante su gobierno fuimos vejados de todos modos y nivelados con nuestros mismos esclavos en el servicio de las armas, y en todos los actos públicos. En un baile que dieron para celebrar la entrada de Moyse, antes de la venida de la armada francesa, se me hizo la gran distinción por el bastonero de sacarme a bailar con una negrita esclava de mi casa, que era una de las señoritas principales del baile porque era bonita, y no tuvo otro título ni otro precio para ganar su libertad, que la entrada de los negros en el país con las armas de la violencia. Infinitas veces provocaron los oficiales de esta tropa, lances en que buscaban el movimiento más insignificante de un blanco para romper con un degüello, con un incendio, o cualquiera otra maldad que les autorizase al pillaje y al saqueo, de que nos preservó la divina providencia, dándonos un sufrimiento y una prudencia sin la cual habíamos(Sic.) seguido la suerte de nuestros paisanos de la parte del sur, que por el resto de la isla andaban errantes, testificando con su miseria su desgracia, llorando este al padre, aquel su hijo, unos a la esposa sacrificada brutalmente, y otros al inocente inmolado en la punta de una bayoneta, donde se le esperaba después de tirarlo al aire”(p. 132).

La mención elocuente del “bastonero”, nos obliga a situarnos frente al “Carabiné”. Algunos bailes europeos de la época usaban de bastonero; de estos, los que pudieran haber llegado hasta nosotros tendrían que haber penetrado, hasta ese momento, solo a través de la coyuntura española, después de inevitables transformaciones, y luego de su entrada, haber sufrido a su vez, el característico acriollamiento y desnaturalización, hasta llegar a producirse las vertientes de creación local o desaparecer. Lo cierto es que a partir del Galá de 1805 en adelante, no se perciben referencias a bailes en nuestras tradiciones con uso de “bastonero” que no sea el carabiné y esto nos obliga a volver la cara hacia el bastonero de Santiago en 1801, como el único baile donde, desde esas épocas, se usaba. En la brillante descripción de la “Tumba” que nos dejara Max Henríquez Ureña en “Episodios Dominicanos” y que describiremos más adelante, no menciona bastonero. ¿Podría haber sido aquel “bastonero” introducido como guía por los haitianos, ante su inexperiencia y desconocimiento de la arquitectura coreográfica de, para ellos, tan novedosa danza? Esa parece ser la historia. Obsérvese que aun hoy en día, las “ordenes” del bastonero, en nuestro Carabiné, se emiten en creole y no en español, como lógicamente debería de ser. En su último párrafo Henríquez Ureña abre esta posibilidad, cuando cita la Contradanza francesa y la Cuadrilla, bailes que usaban de “bastonero” y que eran mimetizados en Haití, partiendo de la influencia francesa.
El riesgo era igual para amos y esclavos, por esto inferimos que detrás del hecho de “humillar” al amo, obligándole a bailar con su esclava, se pretendería provocar alguna excusa para desencadenar sus degollinas. Torpeza en el baile debía ser uno de estos trágicos argumentos. Es lógico que escogieran, por un prudente instinto de conservación, un tipo de danza que ambos dominaran sin titubeos, para protegerse, a menos que “el baile”, fuese impuesto de antemano por el haitiano y de ahí que estuviese presente el “bastonero”. Le iba la vida a ambos. Constituían éstos dos clases sociales extremas; luego, para que ambos manejaran sin riesgo la misma danza, este tipo de “baile” tendría que haber ya rebasado las fronteras de los exclusivos salones de la sociedad santiaguera y estar en manos del puro pueblo. De ahí que nos acerquemos sin titubeos a la “Tumba”, entroncada a nuestras herencias andaluzas, sobre todo en el Cibao, donde se estableció la mayor cantidad de inmigrantes andaluces (Boid Bouman), lo que explicaría el “bastonero” por un lado y el hecho de que pudiesen asumir la danza, sin riesgos de irritar el capricho del haitiano, por el otro.

Hubo situaciones temerarias que describen contactos “seudo-amistosos” impregnados de oscuro veneno. Drama trágico e inmerecido para quienes lo vivieron, sin alternativas, a merced de un verdugo primitivo y sanguinario, sostenidos solo por la fe en Dios, humanamente fragil ante la bestialidad. Es en estos contactos casuales donde el haitiano pudo conocer, por encima de su malicia perversa, algunas de nuestras expresiones danzarias de la época. Citamos “Cuantas veces estábamos bailando, jugando y divirtiéndonos con los oficiales en términos más amistosos y bajo la más fina armonía hasta las dos y las tres de la mañana, y a las siete del mismo día, veíamos a los compañeros con quienes bailábamos, a la cabeza de sus compañías para asustarnos, dentro de nuestras propias casas, cuando aun no habíamos dejado la cama, con el artificioso pretexto de examinar si teníamos negros ocultos”.

Hay otro detalle sintomático a la retirada de Toussaint que es preciso tomar en cuenta. Se trata del propósito manifiesto de Louverture de conquistar nuestros ariscos músicos para que se estableciesen en Haití. El dato es aportado por doña Francisca Valerio, quien dirige una relación de acontecimientos al Presbítero Doctor Francisco González Carrasco a Santiago de Cuba. Citamos: “El día 10 intimaron a los músicos la salida por el mar al Príncipe (Puerto Príncipe), y para esto les dio el levantado Toussaint $200 para solo su habío, que a más de esto ya les había dado cinco portuguesas y ofrecídoles una gran paga, y hacerlos oficiales, con cuyo motivo marcharon todos muy contentos, a excepción de Gonzalo Levanto y [Braulio] Galván, que se ocultaron; pero la mujer de Levanto y la madre de Galván, sufrieron cinco días de prisión, con muchas amenazas, que si ellos no parecían, que se las llevaban; pero las pusieron en libertad”. El día 20: “y a la noche salieron los músicos por la mar para su destino”… “… de ellos no tenemos razón cierta, solo sí de los Músicos, que escaparon todos en el Príncipe, aunque se hizo resistencia”. (“Invasiones Haitianas”, Emilio Rodríguez Demorizi).

Que cosa pudo haber detonado el entusiasmo de Toussaint, señor de horca y cuchillo, al punto de intentar “poner precio y conquistar” a nuestros músicos con generosidad ladinamente oscura, lo que veladamente, sin duda, estaba ordenando patibularia y militarmente. Un jugoso regalo para su “habío” de $200, cuando ya antes les había obsequiado con “cinco portuguesas”: (“pieza del oro bellísimo de los portugueses, con cuño de esta nación, cuyo peso y valor intrínseco excede algo de ocho duros”: “Idea de valor de la isla Española”: Sánchez Valverde”) y “ofrecídosle una gran paga y hacerlos oficiales”, con tal de que fuesen a tocar --¿Qué tan alucinante música?-- y se radicaran definitivamente en Haití. Demos por sentado que se trataba de músicos de corte popular y no clásicos. Es difícil imaginar inquietudes por la música elevada en aquel siniestro personaje y en aquel momento. ¿Serían nuestras “Tumbas Andaluzas” acriolladas, que luego dejarían sembradas en “el Principe” y que la liviandad haitiana rebautizó, al no retener su auténtico nombre, como Carabiné, por el simple hecho de que era bailada esta danza por sus “soldados” con sus “carabinas” colgadas a la espalda? ¿Desconocía el músico haitiano estas danzas y quería Louverture, quien de seguro las disfrutara en los entusiasmos de su orgánica lascivia genética, que las aprendieran del dominicano?
Max Henríquez Ureña nos orienta sobre “La Tumba”.

Evidentemente ya acriollada:

“Las guitarras, acompañadas por el güiro, lanzaron pausadamente al aire las notas melancólicas de una melodía tropical. El Doctor Moscoso dio la señal de inicio, levantando en alto la mano de su compañera e inclinándose después delante de ella, pues en la Tumba Dominicana se conservaban actitudes y movimientos que eran un recuerdo del baile de figuras.

La Tumba que se bailaba en la isla debía su nombre a la Tumba Andaluza, con la cual, sin embargo, mantenía poca semejanza.
La frase melódica era de sabor nativo, aunque en ella se advirtiera, como por lo general sucede en la música criolla, un eco de expresiones musicales de otras regiones del mundo, muchas veces de España y, al través de España, de los árabes… El ritmo de la Tumba tenía efectos sincopados de tipo africano y por eso podía marcarlo con precisión el güiro.

Desde el punto de vista coreográfico pudo ser considerada, en sus orígenes, como una desviación del minué. No faltaba en ella cierto remedo de las figuras de ese baile de la Francia galante, aunque ni la música ni el ritmo eran copiados de Francia. Guardaba, pues, coreográficamente, cierta afinidad con la contradanza francesa. Que fue el antecedente inmediato de la cuadrilla. En la parte francesa de la isla, la Tumba conservó esa forma, y con el tiempo se le dio el nombre de Tumba Francesa, para distinguirla de la Tumba que se bailaba en la parte española, donde las figuras tendieron a simplificarse, y la innovación introducida por otros bailes –como el vals, que ya para entonces estaba en boga en América--, hizo que las parejas bailaran enlazadas de rato en rato. Así, pronto quedó convertida la tumba dominicana en un baile de parejas, a la moda del día, aunque con algún recuerdo de las figuras que tuvo en su primitiva forma. Lo mismo ocurrió con la contradanza: frente a la contradanza francesa, baile de figuras, surgió la contradanza criolla, baile de parejas, antecedente de la danza antillana”.(Episodios Dominicanos, p. 356-57).

La referencia mas clara y rotunda sobre la “Tumba” la da, paradójicamente, el autor haitiano Emil Nau en su bovárica obra “Historia de los Caciques de Haiti”. En la misma, Nau no solo admite el origen dominicano de esta danza, sino que confirma el hecho histórico concluyente de que el Carábiné, era lo que los dominicanos denominaban “Tumba Española”. Se tambalea la estructura de sus conocimientos e inteligencia, cuando pretende un supuesto origen aborigen a esta danza y una carencia de elementos de la música europea, amén de la aventurada alusión a “el diuba y el chica”, esta última de conocida herencia española. La “chica”, que fuera mencionada por Moreau de Saint Méry, es hoy desconocida en Haití (Courlander), por comprensible desafección cultural. Obviamente, el párrafo confiesa cándidamente que más de uno de nuestros ritmos, no solo la Tumba o Carabiné, habían pasado a manos de los haitianos, adoptándolos como “aires que llamamos nacionales apropiándonoslos”. La lógica nos lleva a la Meringue y su referencia inevitable, copiada del Merengue dominicano. Escuchemos la historia:
“Amaban apasionadamente la danza y el canto. Me persuado fácilmente de que esos aires que llamamos nacionales apropiándonoslos, son de origen indio. No tienen efectivamente sino una analogía sumamente lejana con la canción verdaderamente africana y no toman nada de la música europea. Me inclino mucho a creer que el carabiné o la tumba española es aproximadamente lo que los indígenas de nuestra isla cantaban y que el diuba y el chica, danzas poquísimo africanas a mi parecer, pertenece a las costumbres primitivas de Haití”. Emil Nau, “Historia de los Caciques de Haiti” (p. 291).

La ecuación histórica esta muy clara. Al surgimiento del pueblo haitiano, esclavo o libre, el pueblo aborigen se había diluido durante siglos en el criollo dominicano. No pudo haber contacto entre nuestros indios y las africanías haitianas primarias, porque estas comienzan a ser introducidas en el tumor francés alrededor de 1730. Luego resulta una exageración inexcusable que el Sr. Nau utilice sin rubor ético la frase “los indígenas de nuestra isla”. Ya en esos tiempos, la raza y cultura aborigen habían desaparecido. Sus herederos preservadores y continuadores genéticos, los que sí podemos utilizar con toda la elocuencia histórica el término “nuestra isla” o nuestros “indígenas” somos, lógicamente, el pueblo dominicano. Luego, cualquier referencia cultural aborigen o españolizante, que tuviese eco en Haiti, tendría que haber sido trasvasada al haitiano por las inevitables influencias del pueblo Criollo dominicano. Entre el aborigen y el haitiano hay un vacío de tres siglos, cuya sustancia genética y transformadora la conforma y representa, visceral e históricamente, el pueblo dominicano. La palabra Haiti, que denomina hoy en día aquella nación, escogido en su momento por un grupo de sus fundadores, es una alegoría simple, sin conexión genética e histórica ninguna con el nombre original que nuestros antepasados daban a esta isla, entre otros. Son dos denominaciones independientes: “Haití”, el anciano nombre aborigen de la isla a la llegada de Colón en 1492 y el nombre convencional dado a un país 300 años después en 1804. Los antecedentes sociales, culturales, raciales y genéticos del pueblo haitiano están, como bien afirma Nau, “con la canción verdaderamente africana”. Los antecedentes del dominicano, sí entroncan y se identifican, desde siempre, en la cultura y génesis del pueblo que elaboró por siglos y creció criollo y fértil sobre las transformaciones históricas de aquellos Caciques de un Nuevo Mundo, dueños de “las costumbres primitivas” y los empeños hispánicos de blasones dorados, en un Haiti que nunca habló francés, no masticó ningún aborazamiento tribal africano, ni mucho  menos supo de creole o de vudú.

El eminente investigador norteamericano Harold Courlander en su obra “Haiti Singing”, hace una cita sobre lo que en Haití se ha llamado Meringue, ubicando el suceso de su conocimiento en el lugar donde las mismas referencias haitianas sitúan, sintomáticamente, el encuentro con el Carabiné: “A European–tipe ballroom dance which is said have originated in a military celebration”(Danza de salón de tipo europeo la cual se dice haberse originado en una celebración militar)(p. 253). Es claro que está admitiendo que la Meringue haitiana tiene su origen en el Merengue dominicano: (“A European-type ballroom dance”). Este dato situaría el Merengue dominicano en 1805, si es que fue Merengue y no Tumba o Carabiné, lo que supuestamente conocieran los haitianos durante el sitio de Galá. Por otro lado, no olvidemos aquel baile en Santiago de los Caballeros y el emblemático bastonero, donde se obligó al amo a bailar con su esclava, precisamente, “A European-type ballroom dance”) (una danza de salón tipo europeo) cuya raíz europea la delata, precisamente, el “bastonero”, igualmente: “in a military celebration” (en una celebración militar). En este último caso tendríamos que situar esta danza, haya sido Merengue o “Tumba”, en 1801, durante la invasión de Toussaint Louverture, acentuando un poco más la ancianidad del Merengue. Otra argumentación, muy factible, sería plantear que para los haitianos, en ignorancia de la variada herencia regional española de los dominicanos, cualquier danza dominicana era, sencillamente, una “Meringue”, aunque esto seguiría planteando que nuestro merengue existía desde aquellos remotos tiempos, de donde hubieron los haitianos de copiar su nombre, y, lógicamente, presente ya entre nosotros desde antes de la primera invasión haitiana de 1801.

Courlander vuelve a hacer mención de la “Meringue” haitiana, citando a Melville Herskovits. Calificándole de “prejuiciado”, nos plantea otro nudo para desatar, no obstante confesar y ratificar el hecho claro de que los haitianos copiaron las danzas nuestras:
“You can still see the Meringue, a kind of social dance, of which one biased observer said: The Haitian salon dance, Meringue, is identical with the danza of the Spanish Islands; but there is this difference, that even in the higher circles of Port-au-Prince, in which decorum and tact prevail and where the young light colored women are of fascinating amiability, the gestures of the dance are never so unobjectionable as is the case with the Spanish Creole; from which it is to be seen that the dance, consciously or unconsciously, has different purpose among these peoples. All the more undisguised is the crude sensuality among these lower classes of the Haitian population. Here every motion is obscene; and I am not at all considering the popular merrymakings of dance festivals secretly held partly in open, partly in forests, which are more like orgies, in which the African savagery, which has outlived centuries, has unbridled expression”.(“Haiti Singing”, p.73).

(“Usted puede aun observar la danza de salón Meringue, un tipo de danza social, de la cual un prejuiciado observador dijo:                                                                                                                                       
La danza Haitiana de salón Meringue, es idéntica con la danza de las Islas Españolas (¿?); pero hay esta diferencia, de que aun en los altos círculos de Puerto Príncipe, en los cuales el decoro y el tacto prevalecen y donde las mujeres jóvenes de color menos tintado son de fascinante amabilidad, los gestos de la danza nunca son tan exentos de objeciones como es el caso con los Criollos Españoles; por lo cual es visto que la danza, consciente o inconscientemente, tiene propósitos diferentes entre estas gentes. Mucho más desenmascarada es la cruda sensualidad entre las clases bajas de la población haitiana. Aquí cada movimiento es obsceno; y no estoy de ningún modo considerando la fiesta popular del festival de la danza secretamente celebrada en parte a campo raso, en parte en los montes, las cuales son en mayor grado como orgías, en la cual el salvajismo Africano, que ha sobrevivido centurias, tiene desenfrenadas expresiones).

La  utilización del término “Islas Españolas”( Spanish Islands), en plural, nos obliga a otro cuidadoso análisis. En ninguna de las otras antillas aparecen ni perviven rastros culturales primitivos de la cultura del Merengue. En el caso particular de Borinquen y aquella “prohibición de Pezuela”, que involucra la palabra “Merengue”, no necesariamente el Género, la lógica científica nos indica racionalmente, que, no puede desterrarse y desaparecer una auténtica tradición ya enraizada en las entrañas de un pueblo, por un simple decreto, a menos que esas tradiciones no tengan la profundidad suficiente de una propiedad visceralmente ancestral y sean solo parte superficial de un traspaso cultural de última hora, con el agravante de que los eventos donde los haitianos contactan con el Merengue y transportan su nombre (Meringue), suceden casi medio siglo, antes de aquel “Bando de Pezuela”. En Puerto Rico, Cuba, Jamaica, Antillas Menores, no existen rastros o huellas culturales de tradición que manifiesten alguna conexión con el Merengue, que no hayan sido llevados desde Santo Domingo.

 En el caso haitiano habría que interpretar que podría estarse refiriendo a algún otro tipo de Danza, la cual, desde la frivolidad del punto de apreciación haitiano se generalizara, simplemente, con el nombre de: “Meringue”. Es obvio que el grupo tribal que trajo la tambora entre sus tradiciones instrumentales desde el África y que luego acriollaran los dominicanos, no se estableció ni tuvo contacto con ningún otro lugar en el Caribe. Es científicamente claro que solo arribó y se integró en Santo Domingo. No existen rastros de tamboras, tamboreros, ni referencias del remoto ritual tradicional de su construcción. No existe la memoria histórica que preservara el imprescindible “Golpe de Tambora” que determina el Género del Merengue, ni existe un solo “merengue” conservado por la tradición antigua EN NINGÚN OTRO LUGAR DE LAS ANTILLAS.

La coincidencia fortuita de nombres en algún caso peregrino, no determina que sean del mismo apellido. Solo el golpe de tambora, los rituales de su instrumentación y parafernalia, con huellas claras de tradición histórica, pueden establecer rastros culturales coincidentes válidos y estos rastros no existen. No hay tambora en la “Meringue” haitiana, ni el haitiano, el cubano, el puertorriqueño o el antillano, han logrado, aun hoy en día, descifrar el golpe de tambora de nuestro merengue. ¡No saben tocar tambora!, ni rasguear la güira tradicional al estilo del Merengue. Ahora bien y en esto habría que dar crédito a la clarividencia genial de Fradique Lizardo cuando percibió y confirmó la similitud del Carabiné con la Isa Canaria. Y cuando hablamos de las Islas Canarias, sí que estamos hablando de aquellas mentadas “Islas Españolas”. Esto nos llevaría a aquella “Tumba” a la que los haitianos llamaron “Carabiné” y explicaría que el historiador confunda, por la desinformación haitiana, el supuesto encuentro con la “Tumba” o “Carabiné” y lo refiera con el término generalizador de “Meringue”, lo que indicaría y confirmaría, claramente, que el “Merengue” ya tenía su nombre y apellido desde la época de ese encuentro.

La tambora dominicana ya había alcanzado Cuba, coincidiendo en el dato con Peña Morel, en cuanto a sus afirmaciones sobre la presencia cronológica remota de Tambora y Merengue, desde mucho antes de la ocupación haitiana, ubicándola en los primeros merengues de Alfonseca. Esto, partiendo del razonamiento lógico de que Tambora y Merengue siempre han ido de la mano y la cintura. El dato lo ofrece Díaz Ayala en “Del Areyto a la Nueva Trova”, citando a Sánchez de Fuentes; en el mismo clava una hermosa referencia que deja ver claramente, que no fue tan simple la introducción y el manejo de la Tambora y …¿El Merengue?. Es elocuente el término usado:“ya aclimatada”, refiriéndose al uso y manejo del instrumento y confirma que el cubano de la época desconocía los repiques criollos y hubo de “aclimatarse” en su uso y oficio.
De hecho, el evento parece no haber generado ninguna tradición de tamboreros en Cuba, lo que plantearía que aquellos primeros tamboreros tuvieron necesariamente que ser dominicanos. Escuchemos la voz de la Historia, entendiendo que la alusión a una tambora “francesa”, constituye un lamentable desatino que no merece análisis y que solo ha existido y existe históricamente, nuestra excitante y emblemática “tambora dominicana”:
“Un pequeño teatro construido por los franceses inmigrantes, se destruye en 1812, pero en 1822 ya hay uno nuevo, con compañía española, con los consabidos entremeses, sainetes y tonadillas. La orquesta la dirige un negro, Pedro Nolásco Abreu, que escribe además la letra de algunas de las coplas que canta la compañía. Se hace música más seria en reuniones caseras, y con altibajos de años cerrados, se hace teatro, con compañías españolas, a veces con algunas de más fuste, italianas, que hacen ópera; pero paralelo a esto, se hace música popular, con orquestas como la de Nolásco ya mencionado, Miguel Suárez, Pedro Advíncula, José Caridad Mancebo, Manuel Delgado y Agapito Céspedes, casi todas usando la tambora francesa, dominicana, ya aclimatada. (Historia de la Mùsica Cubana, Elena Pèrez Sanjurjo, p. 58).

No es ocioso señalar que en “Música y Baile en Santo Domingo” (p.161), de nuestro Rodríguez Demorizi, aparece en La Vega, para la época, un personaje del mismo apellido y profesión que el Miguel mencionado en el párrafo, con su orquesta, de nombre: Vicente Suárez.

 Las aprensiones por estas distorsiones históricas alcanzan hasta Harold Courlander. El respetado maestro coincide con nosotros, en cuanto a prudentes cuestionamientos, a la hora de acercar el oído a las riesgosamente infecciosas fuentes haitianas:
“That many of these may be different names for identical things is no a remote possibility. It is even possible and likely that many reports of the dances are faulty, having been made by careless observers. The names of the dances themselves may have been misheard”.(Haití Singing, p. 73)
(Que muchos de estos puedan ser nombres diferentes para idénticas cosas no es una remota posibilidad. Hasta es posible y verosímil que muchos reportes de danzas sean errados, habiendo sido hechos por observadores descuidados. Ellos mismos podían no haber escuchado bien los nombres de las danzas).

Don Enrique de Marchena en su obra “Del Areito de Anacaona al Poema Folklórico”, fortalece estos criterios. El párrafo deja claro que más de un ritmo ha sido llamado “meringue” por los haitianos en forma generalizada, así como la obvia transculturación de aquellos ritmos y no solo la importación del simple “nombre”, desde la República Dominicana. El hecho de que se les denomine con una “terminología demasiado española”, denuncia elocuentemente el origen de estos ritmos y su denominación en el lado dominicano. Es de tomarse en cuenta el peso histórico de los nombres citados, a la hora de evaluar esta importante referencia:

“Por lo que a nosotros toca, hemos tratado de llegar mas lejos. Ludovic Lamothe, compositor y costumbrista haitiano, y el historiador Price Mars, afirman el criterio de que si algunos ritmos típicos haitianos han sido bautizados con el nombre de la meringue, el nombre ha sido llevado allí desde la República Dominicana, particularmente por el intercambio normal fronterizo del norte. La terminología es demasiado española para considerarla francesa o creole. Es una acepción, por corrupción castellana, vertida al “patois”, que utilizan los compositores haitianos para un género semejante”.(p. 49).
Desde 1947, hace 60 años, nuestra laureada y distinguida investigadora doña Edna Garrido de Boggs, inició una magnífica recopilación de muestras grabadas de nuestras tradiciones folklóricas musicales y culturales antiguas. Esta rica reserva fue localizada en el Archivo de Etnomusicología de la Biblioteca del Congreso en Washington por el entonces Embajador dominicano Bernardo Vega, conjuntamente con iguales trabajos realizados en nuestro país por J. M. Coopersmith y la Dra. Laura Boulton, en ocasiones y regiones diferentes. El estudio incluye “merengues, mangulinas, pambiches, carabinés, sarandungas, el chenche matriculado, salves, yucas, palos, coplas, cantos de arreo de vacas, cantos de siembra, plenas de trabajo, canciones infantiles, décimas y cantos religiosos, villancicos y rosarios”, así como zapateo, guarapo, mirano (variante de sarandunga), jocana (variante de la sarandunga), aguinaldos, media-tuna, romanzas, SONES Y TUMBA.

    Esta “Tumba”, que es de hecho un milagroso premio de preservación histórica, aparece grabada en “Jarabacoa, enero 28 de 1948”, por “Ramón Suero y su orq.”, realmente un “Perico Ripiao”, “Sin letra”, e interpretada con “acordeón, güira y tambora”. Es la única referencia viva y viviente que tenemos hoy, de lo que era recordado hasta esas épocas, con el enigmático nombre de “Tumba”, en nuestra cultura musical. Curiosamente, su ritmo y melodía, se asemejan, con descarada elocuencia, al de un emblemático “Carabiné” muy conocido: “A bailar el carabiné, a bailarlo en la punta’el pie… Cara sucia compra jabón pa’que lave’ tu camisón”, insistiendo repetitivamente el acordeón esta frase musical de principio a fin, aunque sin voz. Solo melodía. El ritmo marcado por el repique de tambora, que supuestamente no es de uso en esta forma en el Carabiné, no es el del toque característico del Merengue, ni tampoco la variante del Pambiche, está el mismo, dentro del concepto rítmico de lo que se considera en nuestra tradición musical “el golpe de Carabiné”. ¿Podría habernos llevado el proceso de acriollamiento de nuestra antigua “Tumba Andaluza” o “Tumba Española”, que los haitianos llamaran “Carabiné”, hacia la síntesis maravillosa en el tiempo de nuestro emblemático Merengue? Los hechos y eventos históricos señalan en esa dirección. Lo cierto es que los hechos históricos marcan la presencia y rastro del Merengue desde antes de la primera invasión haitiana de 1801, de donde estos, para beneficio del investigador, copiaran el nombre de Meringue para una de sus danzas.                                          

1 comentario:

Yadira Acosta dijo...

Comentarios como los suyos deberías publicarse en primera plana y fotocopiarse para distribuirlos en las esquinas de nuestras calles para llegar a mas gente que esta ciega o no quiere ver porque los medios ocultan la realidad y solo despiertan cuando esta situacion de haitianizacion les toca a ellos. Ahora es el tiempo de detener esto antes que se incremente y sea peor.