viernes, 21 de noviembre de 2014

Prólogo Antología de una Defensa Esencial. La Sentencia 168-13



Prólogo leído por el doctor Víctor Joaquín Castellanos Pizano, Juez del Tribunal Constitucional de la República Dominicana.


PALABRAS DE PRESENTACIÓN

El 23 de septiembre de 2013 se publicó la sentencia número 168-13 del Tribunal Constitucional de la República Dominicana. Entonces, nadie, ni el más avezado y perspicaz, podía prever todo lo mucho que ocurriría después, un ambiente pocas veces visto en nuestra historia, mucho menos a propósito de una decisión judicial; de tanta intensidad, que resulta difícil imaginar una situación semejante en el futuro. Y todo, seguramente porque se trató, como reconocieron algunos de quienes pronto la adversarían, “de una decisión muy importante y que se esperaba desde hacía muchos años”1
Dicha sentencia discurrió sobre el tema central, esencial, de la nacionalidad dominicana.
En atención a un recurso de revisión de amparo, incoado por una mujer de ascendencia haitiana, Juliana Dequis (o Deguis) Pierre, el Tribunal decidió que, aunque la recurrente –reclamante de la nacionalidad dominicana- había nacido “en el territorio nacional”, ella, sin embargo, era “hija de ciudadanos extranjeros en tránsito, lo cual la priva del derecho al otorgamiento de la nacionalidad dominicana”. El Tribunal abordó el asunto con una clarísima determinación de ir a su raíz más profunda y de impulsar su solución definitiva; de tal forma que resolvió el caso concreto que le fue planteado, pero también, al otorgarle a la sentencia efectos inter comunia, dispuso medidas de alcance general, como las de que la Junta Central Electoral procediera “de la misma manera respecto a todos los casos similares al de la especie, con el debido respeto a las particularidades de cada uno de ellos” y otras importantísimas de carácter migratorio.

1
“Preocupa a Amnistía reciente fallo del TC”, Listín Diario, 28 de septiembre de
2013.32

LA SENTENCIA 168-13. ANTOLOGÍA DE UNA DEFENSA ESENCIAL

Desde el primer momento de su publicación, la decisión fue criticada furiosamente. Fue calificada de “aberrante”2  y, a pesar de que no hacia distinción de nacionalidades pues se refería a los extranjeros en general, fue tildada, más aun, de anti haitiana y, asimismo, de discriminatoria, racista, xenófoba, nazista, nacionalista, entre otros epítetos de una larga lista. Esas descalificaciones pronto alcanzaron a los jueces que tomamos la decisión; al Estado dominicano, que asumió su cumplimiento y ejecución; y, todavía más, a la sociedad dominicana toda, colectivo que desde el primer momento expresó un apoyo mayoritario a la misma. Valga recordar, en este sentido, que el 2 de octubre, tan solo una semana después de publicada la decisión, el embajador dominicano en Haití era convocado al ministerio haitiano de Asuntos Exteriores para conocer –según expresó el canciller haitiano, Pierre Richard Casimir- “la posición oficial del gobierno dominicano”3 sobre la decisión; y el mismo día, una comisión del senado haitiano, encabezada por su presidente, Simon Dieuseul, visitaba al senado dominicano y advertía “que la decisión del Tribunal Constitucional (…) puede afectar a los más de 480,000 haitianos que trabajan en el país”4
. Y que, asimismo, cuatro días más tarde, el 6 de octubre, “[e]l gobierno haitiano fijó su posición a través de la Cancillería” estableciendo “que esa nación ‘disiente en términos enérgicos’ con la decisión del TC”, toda vez que “podría afectar aproximadamente a 300,000 personas”5
.
Así las cosas, desde su publicación, los sectores contrarios a la decisión empujaron su objeto hacia vertientes no judiciales ni jurídicas, en las que rescataron los atávicos cuestionamientos que desde la haitianidad se han formulado a la dominicanidad y promovieron un escenario de confrontaciones que, por supuesto, no creó la sentencia.
2
 “Centro Bonó rechaza sentencia”, El Caribe, 27 de septiembre. 3
 “Canciller haitiano convoca a Silié para que explique sentencia del TC”, Listín
Diario, 3 de octubre de 2013. 
4
 “Senadores de Haití buscan explicación sobre fallo del TC”, El Caribe, 3 de
octubre de 2013.
5
 “Continúan discusiones dentro y fuera del país por Sentencia”, Diario Libre, 7 de octubre de 2013.

Es inocultable que ella puso el dedo en una llaga, de varias que afectan al cuerpo nacional y que, al hacerlo, ha habido –como suele ocurrir inevitablemente en estos casos- dolor, malestar, retorcimiento, cuya intensidad habla, por cierto, de la gravedad del problema y, asimismo, de la pertinencia de la solución tomada. En la barahúnda que ha sucedido a la sentencia, ha ocurrido de todo, entre lo cual destaco su cabal ejecución y el respeto y apoyo de todos los poderes públicos nacionales. El Estado dominicano, y en particular el Poder Ejecutivo, han dado, nueva vez, claras muestras de madurez y solidez institucional, actuando conforme lo establecen la Constitución y las leyes dominicanas, desoyendo las voces nacionales y extranjeras que les planteaban, de forma más o menos desembozada, actuar de otra manera, particularmente en contra de la sentencia.
El pasado 23 de septiembre se cumplió el primer año de esta decisión, y al cabo de este tiempo se pueden contar entre nosotros resultados concretos.

Objetivamente, hoy contamos con un Plan nacional de regularización de extranjeros ilegales, en franca ejecución y pleno desarrollo; una nueva ley, por demás imprevista en el momento en que se publicó la sentencia, la número 169- 14 del 23 de mayo de 2014, resultado de un amplio consenso político impulsado con serena consistencia por el Presidente de la República, Danilo Medina, “que establece un régimen especial para personas nacidas en el territorio nacional inscritas irregularmente en el Registro Civil dominicano y sobre naturalización”; un reglamento para la aplicación de dicha ley, contenido en el decreto número 250-14 del 23 de julio de 2014; y una nueva ley, la número 520-14, que establece “un nuevo y único plazo de noventa (90) días (…) para que las personas descendientes de padres extranjeros en condición migratoria irregular que, habiendo nacido en el territorio nacional no figuren inscritos en el Registro Civil, puedan solicitar el registro y regularización migratoria contemplados en la ley No. 169-14 y su Reglamento de Aplicación.”
Todo ello, desplegado sobre la realidad nacional, tendrá positivas consecuencias para el país y contribuirá, en particular, a la regularización del estatus migratorio de muchas personas que podrán insertarse en la vida económica, social y jurídica de la
República Dominicana.

LA SENTENCIA 168-13. ANTOLOGÍA DE UNA DEFENSA ESENCIAL

En términos subjetivos, se ha producido algo inesperado, ajeno por completo al contenido y al propósito de la decisión: el país ha renovado su conciencia sobre lo crítico y decisivo que para el destino nacional comporta el asunto decidido.

Viendo las cosas con la perspectiva que provee el tiempo transcurrido, se aprecia que la conciencia nacional se encontraba un tanto adormilada frente a una realidad que, a pesar de vieja y conocida, ya no era tenida como un tema cardinal de nuestra sociedad; menos aun con las nuevas dimensiones que había adquirido en los últimos anos, las cuales eran desconocidas para gran parte de la población dominicana hasta estos días.

Esta renovación, junto al convencimiento de que las críticas a la sentencia y al país han sido inmerecidas e injustas, ha producido, a su vez, un reavivamiento del espíritu patriótico dominicano.
Dichas consecuencias de carácter subjetivo, por demás trascendentes, han sido impulsadas, sobre todo, por quienes han adversado y enfrentado la sentencia. Han sido ellos quienes -con sus argumentos, actitudes y acciones- se han encargado de revelar a la sociedad dominicana la magnitud de la nueva realidad desarrollada bajo sus pies; de llevar el objeto de la decisión a otrosplanos sustancialmente diferentes, en los que –con muy poco esfuerzo, hay que decir- se ha soliviantado el ánimo nacional y producido la integración de dispersas fuerzas nacionales en un solo haz, tras un objetivo único y común de preservar y defender la integridad de la nación dominicana, percibida ahora bajo cuestionamiento y amenaza.

Es todo lo que, entre otras razones, explica que la crítica al contenido de la decisión, así como las imputaciones e impugnaciones vertidas en el marco de los diversos incidentes que se fueron promoviendo y generando a propósito y alrededor de ella, produjeron una reacción superior, en defensa ya no solamente del fallo sino también de la integridad y dignidad nacionales. Es lo que en esta obra se ha denominado como una defensa esencial.

En efecto, la gran mayoría de la sociedad dominicana –según todas las encuestas, públicas y privadas, científicas y empíricas-, asumió la sentencia y salió a defenderla por todos los medios, entodos los escenarios, tanto en la plaza pública con pancartas y cartelones como en las redes sociales, en las aulas universitarias como en los espacios radiales y televisivos, lo mismo desde aquí que desde ciudades norteamericanas o europeas.

Sin embargo, comparto la percepción de que esa defensa esencial ha sido más notoria y notable en los medios de comunicación – me refiero a los impresos de circulación nacional-, escenario enel que se ha expresado especialmente fuerte, decidida, valiente, frontal, espontánea, perspicaz e inteligente.
En verdad, los periódicos se tomaron este asunto para sí -para decirlo coloquialmente, se cogieron el pleito para ellos-; y desde el primer momento editorializaron, revelando la justeza y trascendencia de la decisión tomada y, después, participando en cada escaramuza de las muchas que, a propósito de ella, se le fueron presentando al colectivo dominicano. Han sido muchos, en efecto, los editoriales -los magníficos editoriales, hay que decir- que se han producido en este período.

Es lo que ha ocurrido, también, con un grupo importante de dominicanas y dominicanos que, por diversas razones, han tenido acceso a estos medios y desde allí, blandiendo cartas y artículos, han participado igualmente en la referida defensa. Han sido muchas las cartas y muchos, también, los artículos que han conocido la luz pública en estos meses; entre los cuales, como en el caso de los editoriales, hay piezas magnificas, producidas lo mismo por un periodista que por un exgobernador del Banco Central, por un ingeniero civil que por un historiador, por un embajador que por un exjefe del ejército dominicano, por un abogado que por uno de nuestros más exquisitos escritores o por un PhD instalado en otras latitudes.

Se trata, en suma, de la producción intelectual no solo de especialistas en derecho constitucional ni en temas migratorios, sino de ciudadanos en general, de muy diversos perfiles profesionales y político- ideológicos. Es, en realidad, si se mira bien, la obra del pueblo dominicano, colgada en las páginas de los periódicos nacionales.

Esa participación, esa defensa esencial, ha sido formidable, impresionante, conmovedora; y no merecía el olvido sino, al  contrario, la presencia permanente y cotidiana y ello por más de una razón. Una primera y fundamental: para contribuir a la conservación de la esencia de estos días -así de cruciales como devinieron ser-, especialmente de lo que se ha escrito en ellos.
Otra: para que una cantidad superior de personas -dominicanos y extranjeros- que seguramente no tuvieron la oportunidad de conocer estos trabajos en el momento en que conocieron la luz pública, puedan hacerlo ahora.

Otra más: para que una mayor cantidad de los actores de este episodio de nuestra historia, puedan conocerse, compartir las ideas y los argumentos que blandieron en cada caso y conocer, en fin, el nivel de la movilización nacional de la que, acaso sin saberlo, todos ellos formaron parte.
Y una última: para reconocer, humilde y sentidamente, al pueblo dominicano en las personas de los directores de periódicos, de sus editorialistas y, en fin, de aquella parte de nuestra sociedad que, en el ejercicio de sus sacrosantos derechos a la libre expresión y difusión del pensamiento, salieron a batirse en las formas señaladas; realizaron esta defensa esencial de todo lo mucho que ha habido que defender en estos meses –que no ha sido solamente, como he dicho, el contenido de la sentencia 168- 13- y demostraron, nueva vez, que nada ni nadie podrá separarlos de la idea que funda sus vidas, aquella que pensara por primera vez Juan Pablo Duarte y que se resume en la existencia de la nación dominicana, libre, soberana e independiente.
Tal es, pues, la razón y el propósito de esta obra, idea del magistrado Justo Pedro Castellanos Khoury, cuya realización he decidido impulsar, en el entendido de que ella es pertinente, conveniente y oportuna.

Por supuesto que, como el lector podrá apreciar con facilidad, aunque partes de un solo haz -el de esta defensa esencial, a la que todos tributan-, en estos trabajos hay posiciones y matices diversos y diferentes. De manera, que es fundamental dejar claramente establecido, como en efecto, que, al publicar estos trabajos, nosotros no necesariamente suscribimos todas y cada una de las posiciones, ideas y expresiones que ellos contienen.

Dicho todo lo anterior, me complace dejar en manos del amable lector esta nueva obra del Tribunal Constitucional de la República Dominicana, titulada La sentencia 168-13. Antología de una defensa esencial, como parte del programa conmemorativo del 170 aniversario de la proclamación de nuestra Constitución.


MILTON RAY GUEVARA
Magistrado presidente del
Tribunal Constitucional de la República Dominicana

jueves, 20 de noviembre de 2014

A MANERA DE PRÓLOGO



Prólogo leído por el doctor Wilson S. Gómez Ramírez, Juez del Tribunal Constitucional y vicepresidente del Instituto Duartiano


Con ocasión de conmemorarse el 6 de noviembre del año en curso el 170 aniversario de la Constitución de San Cristóbal, el honorable Tribunal Constitucional de la República ha decidido auspiciar la publicación de dos trascendentales textos históricos, ambos de inestimable valor para la evolución  jurídica nacional y que, con toda seguridad, serán de gran utilidad para las personas  interesadas en abrevar en las primeras fuentes constitucionales del Estado nación que Juan Pablo Duarte llamó República Dominicana.
El primer documento es la Manifestación de los Pueblos de la parte Este de la Isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana, que comenzó a circular entre los habitantes de la ciudad de Santo Domingo el 16 de enero de 1844; mientras que el segundo texto es el Proyecto de Ley Fundamental (inconcluso) que debemos a la pluma de Juan Pablo Duarte, el ilustre Fundador de la República.


El Acta de Independencia
El Manifiesto del 16 de enero, también conocido como el “Acta de Independencia dominicana”, fue autoría de Tomás Bobadilla. Lo leyeron, aprobaron y firmaron los principales líderes del partido trinitario al igual que representantes del sector conservador de la época, razón por la que devino un texto de factura colectiva. Esas dos fuerzas políticas, la nacionalista y la conservadora, aunque adversas respecto del derrotero que debía seguir el nuevo Estado que surgiría del grito independentista, concertaron una alianza táctica y estratégica que hizo posible a un tiempo la separación de Haití y la proclamación de la República.
Wenceslao Vega es de opinión que “El Manifiesto del 16 de enero” es uno de los documentos jurídico-políticos de mayor envergadura de nuestro devenir republicano, pues además de su valor intrínseco en tanto que proclama de carácter revolucionario, fungió como una suerte de plataforma constitucional para la Junta Central Gubernativa, que fue el Gobierno Provisional surgido a raíz del pronunciamiento en la Puerta del Conde.
Conviene señalar, sin embargo, que si bien “la Manifestación” es considerada nuestra “Acta de Independencia”, resulta curioso el hecho de que el vocablo “independencia” no aparece a lo largo del texto, a diferencia de la palabra “separación”, que fue la que utilizó el autor intelectual del célebre documento.  Al decir de Vetilio Alfau Durán tan peculiar circunstancia obedeció a que el autor de la Proclama no fue un duartista, sino más bien un prominente miembro del sector conservador de la época; sector que descreía de la capacidad del pueblo dominicano para declararse y mantenerse independiente.  En este sentido, un especialista en materia constitucional, Julio Genaro Campillo Pérez, prefería la expresión “Acta de Separación” (que consideraba más apropiada), en lugar de “Acta de Independencia”.
En el “Manifiesto del 16 de enero” sus firmantes expusieron, con lujo de detalles, los vejámenes y atropellos que les fueron infligidos a los dominicanos durante los 22 años que duró la llamada “Dominación haitiana”. Destacaron que si bien Jean Pierre Boyer, en los albores de la “dominación”,  proclamó que no se consideraba un “conquistador” de la parte del Este, lo cierto es que el colectivo dominicano fue tratado peor que a un pueblo conquistado por la fuerza y, en consecuencia, sometido al más retrógrado de los gobiernos tiránicos hasta el extremo de que se pretendió suprimir el idioma español y aplicar un proceso de absorción cultural que, temprano o tarde, culminaría en la desaparición del ethos dominicano.
No es este el espacio para enumerar la nómina de agravios que figura en la Manifestación del 16 de enero, pues el lector tendrá la oportunidad, al leer el texto, de constatarla por sí mismo y arribar a sus propias conclusiones. Sin embargo, hay dos aspectos esenciales del “Manifiesto” que, según Campillo Pérez, conviene resaltar: “la parte dogmática constitucional” y “la parte orgánica constitucional”. Y es que, en el ámbito constitucional, una de las más importantes providencias que contiene nuestra “Acta de Independencia” fue la que estipuló que el Gobierno Provisional debía convocar una Constituyente con el fin de dotar al nuevo Estado de un Pacto Fundamental moderno para, acto seguido, proceder a la elección del ciudadano que debería regir los destinos nacionales en calidad de Presidente Constitucional de la República.
En el plano doctrinal el “Manifiesto” estuvo inspirado, entre otros textos, en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789, razón por la que sus firmantes propugnaron por la abolición de la esclavitud y por el establecimiento de un gobierno republicano, democrático y alternativo. La relevancia y trascendencia históricas de “la Manifestación del 26 de enero de 1844” o “Acta de Independencia” se evidencian en el hecho de que en los anales jurisprudenciales dominicanos, es el primer documento con el que comienza la Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones de los Poderes Ejecutivo y Legislativo de la República.

El Proyecto de Ley Fundamental

El segundo documento que el Tribunal Constitucional ha querido poner a disposición de los lectores es el Proyecto de Ley Fundamental que Juan Pablo Duarte comenzó a redactar en medio de la crisis política  que, entre marzo y julio de 1844, enfrentó de manera enconada al grupo trinitario con el sector conservador encabezado por Pedro Santana. Es importante resaltar que, a pesar de la brevedad del texto (dado que el Patricio no pudo concluirlo porque fue expulsado del país a perpetuidad), el “Proyecto de Constitución” nos revela un Juan Pablo Duarte que exhibe una cosmovisión pragmática de la política así como un  romántico-nacionalista de ideología muy bien definida, inspirada por demás en las doctrinas liberales puestas en boga por las revoluciones americana y francesa de 1776 y 1789, respectivamente.
En el “Proyecto de Constitución” duartiano, escrito para contrarrestar la corriente antinacional predominante en los días genésicos del Estado dominicano, pueden apreciarse algunos de los ejes centrales del pensamiento político y jurídico que preconizó Juan Pablo Duarte, tales como: la independencia nacional, la democracia representativa, el respeto a la ley, la libertad de cultos, la nacionalidad, la territorialidad, y la identidad nacional, entre otros.
Emilio Rodríguez Demorizi consignó que el proyecto de Constitución de Duarte fue obra exclusiva de su preclaro pensamiento y que si bien tuvo el adverso destino de quedar sin aplicación alguna, el texto, en cambio, constituyó, constituía y constituye una nueva y luminosa fuente para el conocimiento de las ideas políticas de Duarte, “ceñidas a rigurosas normas de moralidad y de bien público”.
Congratulamos, pues, al Tribunal Constitucional de la República por el gran acierto de haber seleccionado estos dos valiosos documentos jurídico-políticos de 1844 a fin de que puedan ser fuente de información y orientación para los estudiosos de la evolución constitucional dominicana. Porque no cabe dudas que los principios fundamentales de nuestra la célebre Constitución de San Cristóbal se inspiraron en los documentos antes citados y también en la concepción política y doctrinal consignada en el "Proyecto de Constitución" escrito por Juan Pablo Duarte, nuestro principal Padre de la Patria, a quien en merecido homenaje de reconocimiento y mediante Resolución No. 0003/12, del 11 de diciembre del año 2012, el honorable Tribunal Constitucional resolvió declarar como el PRIMER CONSTITUCIONALISTA DOMINICANO.



Juan Daniel Balcácer
Presidente de la
Comisión Permanente de Efemérides Patrias


Santo Domingo
Septiembre de 2014

martes, 18 de noviembre de 2014

A DECIR COSAS /El encanto y desencanto de la nacionalidad


El encanto y desencanto de la nacionalidad



De: Aníbal De Castro


En estos días del otoño que pinta colores inverosímiles en las copas de los árboles, entonaba el espíritu con una dosis exacta de Richard Strauss, compositor que evoca lo sublime con su música inspirada, y recordaba un episodio que me devolvió al mundo terrenal de las complejidades detrás de las características que definen la nacionalidad. No esas líneas estrechas que caben en constituciones, leyes, arrebatos de tribunales y oenegés escandalosas, sino señas que de inmediato revelan adscripción a un país sin necesidad de papeles.

En primera fila y junto a un querido amigo, nos deleitábamos con los Lieder en el auditorio exquisito del Barbican Centre del Londres donde es posible acudir a varios conciertos de música culta el mismo día. Al final, la encopetada señora al lado nuestro, inglesa por demás, confió su grata sorpresa por el magno regalo musical que habíamos recibido. Para ella, la música de Strauss carecía de fuerza y en su opinión, más o menos, el alemán pertenecía a la categoría de compositores menores. Su impresión original y la volta face al escuchar la música calmada, profunda y legítimamente humana de la última creación de Strauss no fueron mi causa de asombro, como comentara luego a mi acompañante, sino que una británica osara dirigirse a un desconocido en una sala de concierto. Y, además, colar sus emociones ante un extraño.

Al británico se le reconoce por su compostura, propiedad en el trato y respeto a las convenciones. Hay la historia en broma sobre dos súbditos de la reina varados en una isla por meses y que solo se dirigieron la palabra una vez rescatados y a la mesa ya del capitán del barco salvador: no habían sido presentados formalmente. Falso o estereotipado ese trozo del retrato inglés, lo cierto es que hay rasgos comunes a la nación que confieren una especificidad que al mismo tiempo es diferencia y definición. Difícil de describir porque no siempre emerge como conducta, sino a menudo como sentimiento espontáneo cuando se pulsan ciertas notas que nos conducen sin escala al origen, que nos apiñan en el colectivo y con igual intensidad desencadenan orgullo, vergüenza, nostalgia o alegría.

No somos dominicanos en oposición a otras nacionalidades, concretamente a la vecina como se nos dice a menudo. Ni tampoco sirve el común denominador de ariete para marginar al otro o colocarle al frente el sello de la inferioridad. Nuestras reglas, escritas o no, nos describen e informan hacia dentro y fuera cuáles son los atributos, defectos o piezas del rompecabezas ser dominicano. La expresión política de la ecuación pertenece a cada Estado, consenso establecido sin remilgos en La Haya en 1930. Antes que facilitarlo, los Estados han dificultado el acceso a la nacionalidad. No se es británico o español por haber nacido en el Reino Unido o en España, como tampoco haitiano todo el que ve la primera luz en el oeste de la isla Española.

El punto de partida es la madre, tampoco una regla universal. La apatridia, ese pecado original, adviene con la imposibilidad de acceso a otra nacionalidad excepto la del país natal. Que un Estado dificulte o niegue la nacionalidad a sus hijos nacidos en el exterior necesariamente no genera responsabilidad al país anfitrión, como establecen claramente las reglas del derecho internacional. La decisión constitucional de que es ciudadano de los Estados Unidos o Canadá todo aquel nacido en el territorio, el ius soli sin calificación, apenas rige en 45 de 190 países.


Regresaba a mis obligaciones diplomáticas y Atlanta era el primer punto de ingreso a la tierra del hombre libre en el himno nacional. Al ver el pasaporte, la oficial de migración, una afroamericana amable y con la gracia y acento de la mujer sureña, exclamó: "¡Óscar de la Renta!". Ante el alborozo y genuina admiración, guardé con el documento de viaje la usual circunspección y le dije que asistiría como parte de la delegación oficial al memorial que tendría lugar en Nueva York. En todos los medios que leí o escuché noticias o comentarios sobre el gran diseñador, decían que era norteamericano. Algunos añadían el lugar de nacimiento, la República Dominicana.

De la Renta desarrolló su gran talento fuera del terruño patrio, primero en Europa y luego en los Estados Unidos. Diría que catalogaba como ciudadano universal, porque su arte y la belleza que creaba cabalgaban allende las fronteras de cualquier país o intento de encasillarlo. Sin embargo, nunca perdió la dominicanidad o la nacionalidad que es más emoción que decisión política y por tanto imposible de determinar con una cédula personal de identidad y electoral o un pasaporte. Muchos se han olvidado de la tienda a la que puso su nombre en la calle Pasteur, hace ya más de treinta años. De que fue de los primeros en tener una propiedad en Casa de Campo y que se fue de allí por el ruido de los aviones en el improvisado y antiguo aeropuerto en mitad del exclusivo resort. Echó raíces e invirtió en Punta Cana, seducido por la confianza y visión de Frank Rainieri; y en su atelier de Nueva York hay representación dominicana entre los muchos talentos que allí descuellan. El hijo adoptado proviene de un hospicio en La Romana y no solo frecuentaba su hogar en el este de la república, sino que allí fungía de anfitrión a toda una constelación de nombres que figuran con precedencia en el quién es quién de este mundo.

Óscar de la Renta era dominicano por nacimiento y adscripción a un colectivo con el que compartía los intangibles de una cultura, de una práctica social y de unos convencimientos personales en los que destacan la generosidad, sentido de compasión y preocupación por la imagen del país. Me llamó varias veces alarmado por la ola de infundios contra la República Dominicana que sentía y amaba, a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional del año pasado que estatuye sobre la nacionalidad. Quería ayudar, y lo hizo en su mundo de relaciones del que formaba parte sin necesidad de apartarse de las raíces dominicanas que cultivó con esmero. Esa República Dominicana imaginada por las oenegés y a la que castigan con declaraciones insensatas, noticias tendenciosas y una imagen desapegada del derecho internacional, si existe, no está poblada por muchos dominicanos. Más bien es una construcción novelesca, puesta a tono para el ejercicio de la doblez diplomática de países que de frente enarbolan el escudo de los derechos humanos y los valores democráticos; y por detrás, blanden la guadaña con que segan para que crezcan sus intereses, muy pocas veces en sintonía con las declaraciones y posturas públicas. Preteridas las ideologías, si no hay causas que encrespen y revuelvan estómagos, hay que inventarlas: ya hay una cohorte de celebridades presta a canjear la banalidad en que viven por las cruzadas en que aparecen como protagonistas ya no solo en la pantalla grande. A ese mundo de ficción pertenece por completo el cuento sobre la fusión de la isla, de la confabulación internacional para robarnos la nacionalidad y llevarnos a un aquelarre signado por la indefinición cultural. Toda una leyenda cimentada en un nacionalismo a ultranza que nos daña tanto como la postura desaprensiva de quienes, la mayoría en la comodidad del exterior y las sinecuras académicas, piensan en inglés norteamericano y pretenden hablar con desparpajo dominicano. La explicación es sencilla: a Haití y los haitianos no los quiere en verdad nadie. Ni siquiera en los países del Caricom, donde los devuelven tan pronto llegan. La comunidad internacional rehúsa aceptar la responsabilidad que le corresponde, y lo más fácil es cargarle el dado al vecino más próspero.La mayor violación a los derechos humanos de los haitianos ocurre en su propio país, donde una parte apreciable de la población continúa indocumentada, las tensiones raciales entre mulatos y negros saltan a la vista y el 80 por ciento de los profesionales han emigrado.

Dominicano por sentimiento y adscripción, como el gran Óscar de la Renta, debería ser la meta. Y a esas cláusulas culturales y de práctica condicionar en el futuro el otorgamiento de la nacionalidad, cumplidos los requisitos que solo a nosotros toca determinar con arreglo al consenso de la comunidad internacional consignado en el corpus doctrinal del derecho internacional, del verdadero, no del que se inventó la Corte Interamericana de los Derechos Humanos. Como hacen Australia y Canadá, por ejemplo, donde el conocimiento de la historia y el lenguaje son sine qua non para la aceptación de los inmigrantes. Ese dominicano es ajeno a la discriminación, ejemplifica la solidaridad, cree en que el respeto al derecho ajeno es la paz, no le concede superioridad a etnia alguna y mucho menos repara en el color de la piel o rehúsa la validez de otras manifestaciones culturales. La buena vecindad, más que concesión o virtud, es una obligación derivada de la observación escrupulosa de normas internacionales, con la no injerencia en los asuntos internos de otros países como piedra de toque. En la cultura de la paz, no hay enemigos gratuitos sino amigos a los cuales se les tiende la mano cuando lo necesitan y porque se acepta el imperativo de la solidaridad.

Todas estas escaramuzas y emboscadas a que nos someten ignoran lo trascendente del momento en las relaciones en una isla única en el mundo por albergar a dos países independientes. Se ha abierto un diálogo productivo bajo la premisa de que hay problemas comunes solo susceptibles de ser resueltos si los enfrentamos unidos. Poco a poco el atavismo de la historia cede terreno a una lectura más equilibrada del pasado en un esfuerzo por construir un mejor futuro. Cada vez son más los verdaderos dominicanos que conciben el desarrollo de Haití como cuestión de prioridad nacional, de que la clave para detener la migración descontrolada transita por el elevamiento substancial de la calidad de vida tras la frontera.

La premier de los Lieder de Strauss tuvo lugar en Londres al año siguiente de su muerte, el mismo en que nací en la República Dominicana. Fue un éxito total, en la voz de la soprano que el compositor escogió de antemano. La proximidad de la muerte está presente en la música densa que discurre como agua de arroyo cristalino sobre un cauce sin sinuosidad. Mi favorita es Septiembre, porque recoge como ninguna otra la mortalidad y decadencia del ser humano. Nos hemos hecho a nosotros mismos trascendente quizás por inconformidad con la certeza de la biología. De lo que no hay duda es de que el país, el colectivo llamado dominicano, continuará. Con él lo mejor de unas tradiciones que ya nos han definido como amistosos, generosos y bullangueros, y en el que caben todos los colores de piel.

adecarod@aol.com

08 NOV 2014 | DIARIO LIBRE

A DECIR COSAS / A reír todos


A DECIR COSAS
A reír todos






De: Aníbal De Castro


Quito y agrego a lo escrito ya. A un año escaso de aquel circo montado en México con apoyo de unas oenegés inefables, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) deshumaniza el derecho al decir que es ciudadano dominicano aquel arlequín con identidad robada.
A un pobre diablo, que se apropió de los apellidos Medina Ferreras quién sabe apercibido de cuáles consejos o espejismos de fortuna, lo convirtieron las oenegés de mis angustias en una réplica de la impostura que las signa, en un escarnio irredento pese a la sentencia mostrenca. La mala fe se presume, no en Medina Ferreras, Winet Jean o como se llame el esquirol, sino en la gente letrada, a la que se le supone tino e inteligencia, que se lo llevó al México lindo y querido para montar una charada sin el auxilio de un buen mariachi. Pues a este pobre infeliz, en ridículo porque no pudo cumplir la encomienda al quedar probada su doblez, ahora le dicen los magistrados que es dominicano, vale decir, que la mentira es verdad. Justicia mal servida y que obliga a preguntarse si estos jueces de la CIDH cumplieron los requerimientos socráticos: escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente.
Recordemos la historia como la narré en octubre pasado. Al tonto de capirote lo entrenaron para mentir, fingir prejuicios y de paso devaluar su humanidad y la de su familia. Y todo con el propósito expreso de mostrarnos a los dominicanos como racistas, desconocedores del derecho ajeno; y al Estado dominicano, en contravención de principios cardinales de la comunidad internacional. Carente mi prosa de suficiencia para describir con objetividad la finalidad detrás del pretexto que condujo a la sesión del altísimo tribunal y su sentencia, que la tecnología supla mi liviandad caribeña:
http://vimeo.com/album/2561642/video/76517833.
Se confesó dominicano y deportado forzoso a un país que dice nunca había visitado, cuyas costumbres e idioma desconocía no obstante su ayuntamiento de larga data con una haitiana. Pese a unos veinte años de residencia en el país contiguo, aseguró que no dominaba el idioma cuyo acento inconfundible impregnaba cada palabra, cada frase. Incluso, incorporaba de manera automática al castellano machacado la elisión propia del francés y el creole haitiano. En un patético donde dije digo dije diego, perecía la versión de que lo deportaron de mala manera, le rompieron sus papeles de identificación antes de ponerlo de patitas en la frontera y de que nunca volvería a residir en el país cuya nacionalidad se atribuía y ahora le confirman los jueces. No pudo identificar las fotos de sus alegados progenitores y hermanos de quienes adujo los separó la autoridad migratoria, mas cuya ayuda, de acuerdo a su historia, no faltó mientras su existencia, ora de pordiosero en Haití, ora de jornalero y contratista, ¡e n la República Dominicana!, continuaba al cobijo de la cónyuge amante, descrita como de familia de bien.
Portaba pasaporte y cédula de identidad y electoral dominicanos. Osó decir que la frontera se cruza sin mayores contratiempos y que bastan veinticinco pesos para que un militar franquee el paso, si la ruta del Masacre seco es la escogida y no el puente sometido a controles. Paradoja de paradojas: va y viene a voluntad al país que lo expulsó. En su relato intemporal, la documentación que lo acredita como dominicano (¿y no que se la quitaron y destruyeron?) le allanó el camino hasta el capitaleño Hospital Darío Contreras con su hija en una ambulancia desde la frontera de su bochorno, víctima aquella de un accidente automovilístico en el Haití donde testimonió lo acogieron con los brazos abiertos, pero en el que le negaron por extranjera las primeras atenciones médicas a la pequeña. Allí no pudo continuar los estudios gratuitos iniciados en la pérfida República Dominicana porque en Anse-à-Pitre había que pagar y los ingresos no alcanzaban. En ese centro de salud estuvo la niña tres meses interna, mientras él sobrevivía gracias a la solidaridad de unos amigos. Dominicanos tenían que ser, porque una y otra vez repitió que antes de la alegada deportación no se juntaba con haitianos salvo para contratarlos cuando acometía encargos laborales mayores.
No son las tantas contradicciones las que soliviantaron el ánimo, ahora muy encrespado por la confirmación de que la bandera de los derechos humanos también sirve para cubrir fechorías. Decir mentiras y comer pescado –por aquello de las espinas—requiere mucho cuidado. Medina Ferreras, o como se llame, no podría entender este refrán de origen gallego porque su pobre y torpe manejo del español corresponde a un extranjero, jamás a alguien que nació y ha vivido al menos dos décadas en la República Dominicana, de padres y abuelos también dominicanos por nacimiento y origen. Simple detalle lingüístico que en nada disminuye el respeto que se le debe como ser humano, con los mismos derechos que el más ducho en la filología española o de cualquiera de los dos idiomas oficiales del vecino país, que en bilingüismo y otras cosas dobles nos lleva ventaja. Respeto que le escatimaron sus tutores de las oenegés al colocarlo en un trance ridículo, penoso, como protagonista de una tragicomedia de la cual sale aporreada su dignidad y ahora, de manera torpe, una nacionalidad fementida. Respeto que le falta al tribunal al obviar la gravedad que supone la falsía en un testigo o una víctima
En la ocasión se les olvidó a los manejadores del infeliz testigo enseñarle qué tan arraigada es la familia en la cultura dominicana.
Nomen est omen, el nombre acarrea el destino: uno de los verdaderos Medina Ferreras reverencia en el vídeo revelador al padre falsamente presentado como un iletrado, en verdad un reconocido activista del Partido Reformista en la zona de Barahona. El nombre de un hermano, no importa si desconocido porque murió a destiempo o lo engulló la cotidianidad, jamás cabe en el olvido. En el refugio del apellido y la tradición familiar ocupan lugar de principalía los abuelos, aun si nunca se les vio en vida. Precisamente, el elogio de la familia se basa en el establecimiento de una línea de mayor vitalidad mientras más se remonta en el pasado. De ese cuidado de los nombres, no otra cosa sino la adhesión al núcleo básico que es la familia, los dominicanos hemos hecho un deber con secuelas a veces negativas.
Mi tolerancia se despeña, se me arrebolan el rostro y la calva, los tacos se me escapan y no de los zapatos cuando el presunto William Medina Ferreras, en respuesta a una pregunta que abordaba otro tema, describe a los haitianos en términos raciales prejuiciados, impropios y en desentono con la majestad de la sala. Por boca de ganso, los titiriteros pretendieron endosar a los dominicanos la mácula de la discriminación en base al perfil racial, y el absurdo de negar las raíces africanas en estas dos terceras partes de la tierra que más amó Colón, pobladas mayoritariamente por gente de raza mixta.
Del amasijo de palabras, frases inconexas, memeces y sandeces, extraigo esta perla cultivada en mentes torvas: “...soy indio claro, de buen cabello, perfilado... usted ve quién es haitiano... ellos son, cómo le digo, motoso, un poco raro, ¿no?, para mí. Yo no he visto un haitiano perfilado, como la mamá mía y mi papá, gente perfilada, completamente, son gente de color indio. Pero son gente bien, aparente, ellos no son motosos. Yo no sé si la mala sangre que me hacen hacer... la verdad es que ahora mismo yo estoy desnutrido, cualquier diría que yo estoy mal tallado porque el cuerpo que tenía no lo tengo. Estoy pasando mucha necesidad dura, pero yo no nací mal tallado así, sino una persona normal...”
¡Vaya añagaza que se tragó la tremenda corte: contrabandear a un haitiano como dominicano y poner en su boca los prejuicios racistas que se busca encasquetar a los dominicanos! Motoso no forma parte de la lengua popular en el país. Podría provenir del francés, demotte, intuyo, algo así como terroso y, por analogía, negro. La palabra sí se usa en países sudamericanos para designar a alguien con la cara carcomida por las viruelas. No hay crimen perfecto porque siempre surge algún rastro. E hicieron bien los comisionados del Estado dominicano presentes en la audiencia al pedir excusas al pueblo haitiano por los deslices inducidos del William Medina Ferreras de pacotillas, a quien sus pretendidos hermanos no conocen porque nunca lo han sido, como se demostró en un vídeo preparado por la Junta Central Electoral.
Si las hubo (1999 y 2000), criticables las deportaciones forzosas que consideró la CIDH aun cuando el tránsito judicial no fue agotado, como ordena el debido proceso en estos asuntos internacionales. ¿Pero pasar por alto la comedia del pobre diablo que usurpó la identidad, acto pecaminoso que arropa un despropósito que escapa a su estulticia? Una de las verdaderas Medina Ferreras lo identificó como Wynet Jean, un haitiano que se buscaba la vida en los aledaños de la frontera inexistente. Nada le ha pasado al impostor ni le pasará, porque en este país la impunidad desemboca irremediablemente en el hecho cumplido del laissez faire, laissez passer.
Cabe un consuelo: la santificación de Wynet Jean tiene el mérito de remitir la sentencia completa al catálogo de la ópera cómica.

adecarod@aol.com
25 OCT 2014 | DIARIO LIBRE

A DECIR COSAS / Elucubraciones no tan independientes


A DECIR COSAS
Elucubraciones no tan independientes



De: Aníbal De Castro




Ciento setenta años de aquel febrero heroico cuando nació la República Dominicana y que ahora celebramos mansos y cimarrones con libertad absoluta para asignarle significados y aportar interpretaciones variopintas. La historia es un acomodo, ciertamente, una revisión del pasado que se ajusta a los tiempos y se renueva como aquel río, siempre diferente cada vez que probamos sus aguas con el cuerpo entero o cualquier muestra de la anatomía.
También tengo mi interpretación de la Independencia, en mayúscula, y de la independencia, en minúscula. La primera aún me asombra, no como fecha que trae consigo la ventaja del día de asueto sino como empresa plena de coraje, constancia y fe ciega en la posibilidad de un porvenir comunitario. La dominicanidad apenas se insinuaba y sin embargo unió a los conjurados en un propósito. 
La construcción del Estado-nación, cuya zapata echaron los febreristas, trasciende la simple referencia histórica que se repite en los libros de texto. La abordo como una gesta ante la cual hay que inclinarse con reverencia. Sus protagonistas antepusieron las convicciones a las bayonetas y capacidad de represión de los ocupantes del lado oriental de la Española. David venció a Goliat en el 1844 dominicano.
La fuerza de la Independencia como inflexión en la narrativa dominicana radica en la concreción del nosotros, del colectivo que hoy detenta una nacionalidad, y no necesariamente en el rechazo de los otros. Reitero que la historia es flexible, maleable en extremo, mas estirarla demasiado comporta riesgos. Preferible que el tiempo pulgue las culpas ajenas y propias y así evitar que los atavismos se conviertan en la definición del presente y el futuro.
Aunque solo una fecha, el 27 de febrero como encarnación de la Independencia alberga muchas otras, todas identificadas con la meta del nosotros. Incluye, por ejemplo, el rechazo de las tres invasiones posteriores que perseguían revertir las ganancias de los Trinitarios. Cada batalla debe ser entendida como la reivindicación de la causa convertida hoy en efémeride nacional. Llamada con propiedad Restauración, la guerra que enfrentó a los patriotas contra las tropas españolas de ocupación en el período 1863-1865 fue otra reconfirmación del colectivo dominicano y su derecho a una historia propia.
Ambas instancias comportan un elemento en común: la debilidad de las fuerzas dominicanas frente al adversario. Haití devino república a principios del siglo XIX, en medio de una contienda que le ganó una experiencia bélica de primer orden. Si bien la naturaleza contribuyó a diezmar las tropas napoleónicas, no es menos cierto que se impuso una pericia militar a base de la improvisación, en oportunidades; de un mejor conocimiento del terreno y por tanto superioridad estratégica, en otras, pero en todas el temple de unos soldados imperturbables, dispuestos a morir. Una treintena de años después, el ejército haitiano debía acumular un conocimiento encomiable de las artes militares, no así las tropas de un Estado en ciernes y sin medios ofensivos comparables.

Aunque para la segunda mitad del mismo siglo España acusaba un cansancio imperial evidente en su fracaso en las Américas, las tropas enviadas a la antigua colonia caribeña aventajaban a los insurrectos en casi todos los órdenes, excepto en la disposición para defender un país forjado en el fragor de los campos de batalla. Tácticas innovadoras, unida a la valentía incuestionable de los irregulares, concluyeron en la victoria dominicana.
Más que un solo hecho o un concepto estático, la Independencia en 

estas latitudes caribeñas es un continuum interminable, una historia a la que no se le conoce final. Adquiere fisonomía propia en cada estadio, las circunstancias determinan sus características, condiciones y manifestaciones. Por ejemplo, también cabe en el 27 de Febrero el final de la ocupación norteamericana que se extendió desde el 1916 hasta el 1924. El ejercicio del nosotros estaba coartado por la imposición de la voluntad foránea prevalida de la fuerza de las cañoneras y de un ejército decidido a impedir cualquier apuesta diferente al deseo imperial.
La República Dominicana cesó en 1965, afortunadamente por muy poco tiempo. Cuando se marcharon las tropas invasoras se restableció la Independencia y readquirió vigencia la responsabilidad del nosotros en la determinación del rumbo histórico. Es otro hito a añadir a los fastos de estos días porque resolvió otra fractura más en la Independencia como ese continuum al que aludo.
Estos tiempos de globalización y uniformidad de reglas con categoría de universales plantean una complejidad nunca vista en la autodeterminación de los pueblos. En el caso de la Unión Europea, la soberanía en su aceptación clásica ha desaparecido. La ha reemplazado una modificación ad-hoc que incluye organismos supranacionales y normas cuya aplicación local se decide y supervisa en espacios allende las fronteras tradicionales. Caso único en el devenir del continente que ha hecho los mayores aportes a la libertad, la reducción de lo nacional no se ha impuesto por la fuerza sino proviene de un consenso que, pese a las muchas contradicciones y disensiones, se mantiene.
Paradoja y ejemplo para quienes creemos en la integración, la restricción a la capacidad de decisión de los Estados ha traído aparejado un ensanchamiento de las libertades individuales y del respeto a los derechos humanos. La libertad de movimiento, aunque sometida a cuestionamientos e interpretaciones, ha rescatado viejas aspiraciones y resuelto el conflicto de bienes y servicios sin necesidad de licencias para trasponer fronteras, y ciudadanos sin acceso a las mismas facilidades.
La complejidad implícita en la Independencia bajo la bandera de un mundo en el que las distancias se acortan a fuer de tecnologías cada vez más impactantes presenta retos nuevos y que requieren de gran visión y talento. Uno es, por ejemplo, cómo conservar la identidad nacional sin soslayar el necesario enriquecimiento que implica el acceso sin impedimentos a otras manifestaciones culturales, algunas de solera e indudables aportes a la Humanidad. Y de paso, se generan conductas para las cuales no hay respuestas en el andamiaje legal o no encuentran albergue en las prácticas cotidianas. La mundialización tiene un componente revolucionario tan serio a veces como un cañonazo en la santabárbara.
Otro desafío es cómo nos insertamos en la cadena global de suministro, qué puesto ocupamos o cuáles ventajas comparativas nos validan para competir de manera eficiente frente a contrincantes comerciales que no siempre operan bajo las mismas reglas que nosotros, un país de democracia imperfecta, ciertamente, pero con avances notables en la conformación del Estado de derecho. Y por supuesto, está la obligación de no quedarnos a la zaga y rectificar el supuesto que ya muchos enarbolan cuando hablan de una brecha digital insalvable para naciones como la nuestra.
La Independencia transita en estos tiempos por la obligación a cumplir con los compromisos que implican la adscripción a convenios internacionales, a prácticas conforme a un código de derechos humanos y el compromiso de resolver los conflictos con apego al diálogo. Lejos estamos, por razones más que evidentes, de practicar la insularidad como ejemplo del nosotros. La independencia es el concepto y práctica en boga.
La independencia es distinta en tanto incumbe al yo en mayor medida. Se conjuga en singular, pero sin prescindir del nosotros. Coinciden en que no son absolutas sino relativas, muchas veces al garete de las circunstancias. Ser independiente es un estatus vago, sin posibilidades de arraigo total dado el carácter gregario que nos distingue y obliga a la vida en sociedad. Por el contrario, la dependencia en el caso es una confirmación de humanidad, una vinculación a los otros de la cual no puede prescindirse.
La soledad, si estado angustioso, confirma cuán dependientes somos y necesitamos ser. De humano es echar el tiempo de la agenda y agotar una jornada sin reloj frente a una botella de buen vino y los amigos de siempre. O envolverse en una conversación en que las colindancias surgen sin problema, y cuando asoman las desavenencias se esfuman por la aceptación previa de que la uniformidad de puntos de vistas no siempre es ventaja. Al mismo capítulo pertenece la nostalgia por el ser querido, la combustión de las pasiones en los encuentros furtivos de los amantes, las esperas que son largas y se borran con la aparición de aquel o aquella a quien se ansía ver.
La levitación existe en el mundo de los mitos: distanciarse de lo material supone una épica tan cierta como la gravedad. Dependemos de gustos aprendidos y que sin embargo se tornan insustituibles; nos aferramos a tradiciones que se convierten en tales a fuerza de repetición y no en obediencia a la racionalidad; nos inclinamos ante convenciones porque simplemente permiten la participación en el grupo del cual nos sentimos o querermos ser parte. Insisto, la autarquía también es imposible en lo personal, y qué bueno que así sea para satisfacción de quienes quieren al otro en la misma categoría que el yo.
Celebremos en este febrero que se agota y siempre la Independencia, y la derrota existencial de la independencia.
Dependemos de gustos aprendidos y que sin embargo se tornan insustituibles; nos aferramos a tradiciones que se convierten en tales a fuerza de repetición y no en obediencia a la racionalidad; nos inclinamos ante convenciones porque simplemente permiten la participación en el grupo del cual nos sentimos o queremos ser parte. Insisto, la autarquía también es imposible en lo personal, y qué bueno que así sea para satisfacción de quienes quieren al otro en la misma categoría que el yo. 

adecarod@aol.com
02 MAR 2014 | DIARIO LIBRE