lunes, 24 de julio de 2017

Repasando la Historia


Los cocolos somos “gente mansa”

  “Fulano de Tal, serie 23, 
tiro el paso y hablo inglés”



Por: Rolando Robles

La expresión la escuché siendo niño y desde entonces me ha acompañado en la memoria. Quien tal afirmación hacía, era un pastor de la Iglesia de Dios de la Profecía, el Reverendo Ladow, de muy grata recordación para mi familia. En ese momento me resultó ininteligible, porque yo no sabía a plenitud lo que significaba e implicaba la palabra “cocolo”. Ahora, yo si  suponía que los cocolos eran personas de la raza negra, aunque no eran haitianos.

Sin embargo, intuía que en el fondo se escondía algún sentido peyorativo cuando te identificaban como cocolo; te marginaban y como que dejaban caer alguna zurrapita al hablar. Esto provocó que algunos renegaran de su condición primaria y hasta castellanizaran su nombre. Pero en modo alguno se puede considerar como una actitud de cobardía sino mas bien, era como un intento de sobrevivencia, que a su vez evidenciaba una gran preocupación por el futuro de la familia.

Ruinas del Ingenio Quisqueya
Crecí con la duda de no saber a cabalidad lo que significaba ser un cocolo. Hasta que en un viaje al ingenio Quisqueya, por agosto de 1960, alguien le dijo a un familiar -en casa de don Daniel Luna- algo así como: “oye cocolo, muévete que hay que salir temprano” y el aludido le respondió con toda la dignidad que pudiera yo imaginar a mis trece años: “si, cocolo y a mucha honra”. A partir de ese momento me dispuse a averiguar qué era en realidad un cocolo; un sobre nombre que algunos rechazaban, pero que otros aceptaban con evidente orgullo.

A mi tía Zulinda Robles (qepd), la escuché decir alguna vez: “nosotros somos de origen inglés, cocolos”. Y lo decía con tanto garbo y postín, que hasta la mismísima reina Isabel se habría sentido plebeya, ante esta imponente negra, de correctísimo hablar y modales propios de la realeza humana.

Hoy, a mis setenta años, aún sigo averiguando y aunque he aprendido bastante sobre los cocolos, continúo intrigado y buscando una definición mas explícita. Por supuesto, ya tengo muy claro que no es pecaminoso ni vergonzante, el que alguien te llame cocolo. Porque si lo eres, entonces experimentas un infinito placer cuando te lo recuerdan; eso lo puedo sentir.

Ha llovido bastante desde entonces, pero mucho mas que el tiempo transcurrido, es lo tanto que he ido conociendo sobre la gente que siempre estuvo a mi alrededor y que sin modestia ni dolor alguno, se llaman a sí mismos cocolos. Similar a la solidaridad de los negros americanos, que entre ellos se llaman “niger”; pero si un “blanco” lo hace, lo consideran un insulto. Los cocolos actuales, por el contrario, no se ofenden si se les recuerda su origen; mas bien lo celebran y hasta lo agradecen.

Y precisamente de eso es que quiero hablarles. Alguien comentando uno de mis artículos, me escribe: “Jabalí, yo no sabía que tú eras cocolo, yo también lo soy, así que dejaré de atacarte, porque lo mínimo que somos tú y yo es compadres”. Esto encierra una gran valoración por sus ancestros y una evidente y sólida autoestima personal y colectiva.

Primero debo establecer que los cocolos no son necesariamente negros y que el “cocolismo” no es una expresión simplemente étnica. De hecho, a lo largo de mi vida he conversado sobre el tema con gente que no tiene nada de negros ni en su sangre, ni en el ADN de su familia; y ellos mismos, con altísimo pundonor se definen como “cocolos morales”. Una demostración fehaciente de que el estilo de crianza de los cocolos es muy bien valorado por el resto de los dominicanos.

Eso de “cocolo moral” me obliga a establecer ciertas categorías con que este peculiar grupo de descendientes de esclavos isleños proveniente de la madre patria África, se clasifica a sí mismo. Ese ejercicio de reencuentro con los orígenes comunes, me resulta extraordinariamente placentero, aunque en ocasiones pareciera un tanto pretencioso.

“Robles, de entrada, aclararemos que eso de que el término ‘cocolo’ es una simple degeneración de ‘tortolos’ -o sea, habitantes de la isla Tórtola- ya no se puede aceptar como el génesis de la ‘cultura cocola’, nosotros somos una categoría histórica en el devenir dominicano” me dijo muy convencido Celestino Potter, un mecánico romanense que supongo ya se ha ido, por allá por los años 80’s.

Desde los tiempos previos a la independencia, se había acuñado el término cocolo; mucho antes de la gran migración hacia la isla. Tenemos constancia de que en una carta que dirigía el sacerdote peruano Gaspar Hernández al pintor Baltazar Morcelo, días después del 27 de febrero de 1844, le decía: “Te felicito a ti y a todos los dominicanos por haber sacudido el yugo de los mañeses cocolos, …” en evidente alusión racial y peyorativa a los haitianos.

Ya viviendo en Nueva York, traté de recoger el sentir de la comunidad dominicana sobre la valoración de los cocolos, ahora que de nuevo han emigrado -como lo hicieron sus antepasados- y contacté a dos “cocolos insignes” como Luis Graveley (qepd) y John Sheppard. La experiencia ha sido sencillamente exquisita, por la claridad cultural de ambos.

Graveley, mi amigo de 30 años, afirmaba sin reservas: “Un cocolo es un muchacho criado con método y respeto a la familia y a las personas mayores”. Años después escuché el mismo criterio por boca de otro cocolo, el magnífico beisbolista George Bell. “Es muy difícil que tú te encuentres con un cocolo bruto (sin educación académica), por lo general, el cocolo le hace tiempo al pupitre, no a la cárcel” reiteraba el conocido dirigente político y seguidor de Peña Gómez”.

Sostiene por su parte el doctor Sheppard, con la habitual parsimonia que lo caracteriza y desde luego, como docente consagrado que es, lo siguiente: “te voy a confiar algo Robles, a los cobradores les dicen ‘ingleses’, porque los cocolos eran reclutados por los comerciantes para cobrar, debido a su conocida seriedad, responsabilidad ciudadana y apego a las leyes; cuando llegaba ‘el inglés’, llegaba el cobrador”.

Mas adelante, el sólido intelectual aclara otro asunto de carácter folclórico, y que ha sido tergiversado por ciertos comunicadores en funciones de “culturólogos”. Se refiere el doctor Sheppard al origen de la expresión Yaniqueque. “En realidad, es una corruptela de ‘journey cake’ o sea ‘la torta de viaje’, aludiendo al sabroso alimento de harina de trigo -horneado o frito- que por descomponerse tan poco, te sirve para comer durante una travesía mas o menos larga”

Francisco Chapman (qepd) cocolo insigne, laureado escritor y activista comunitario, me decía con mucha propiedad: “es muy cierto Rolando, si le das una mirada a las cárceles, te será muy difícil encontrar un cocolo preso; es que el cocolo fue criado para servir a la sociedad, no para delinquir. Nuestros padres siempre entendieron el concepto de ‘invertir en la segunda generación’, algo que creo, hemos olvidado los dominicanos al venir a Estados Unidos.”

Carlos McCoy (Johnny), otro cocolo insigne y de armas tomar, relata en una reseña sobre su gente que: “el cocolo en nuestro país, se distinguió por su sentido de orden y organización, fundando diversas instituciones sociales, tales como: logias odfelas, sociedades religiosas, artísticas, deportivas y de socorro mutuo. Algunas han prevalecido en el tiempo como es el popular SAM (Sociedad de Ayuda Mutua)”, que aquí en Nueva York lo identifican simplemente, como una “sociedad”. En realidad, el SAM es una creativa manera de ahorrar en conjunto.

Mas adelante en su relato, remata Johnny con una expresión de evidente satisfacción, proferida por su padre don Charlie McCoy (qepd): “No hay un solo cocolo que sea ladrón ni maricón”

Julio César Malone, escritor y periodista nacido en el ingenio Consuelo de Macorís del Mar, toca otra arista de la cultura cocola, su cultura: “fíjate en la historia nuestra desde la muerte de Trujillo para acá, por ejemplo, y dime ¿cuántos cocolos tú conoces señalados como corruptos?, no es que no los haya, pero eso es muy raro”.

Esta verdad a medias, aceptada por mí solo por la categoría investigadora del emisor, me indujo a verificar, con cierto entusiasmo y algo de temor, que en realidad los cocolos no son gente de adueñarse del erario público. Ese antiguo vicio de “coger lo ajeno”, hoy tan arraigado en la sociedad, no es un hábito de los cocolos.

Marino Mejía, un meritísimo docente e investigador social, reconocido por la comunidad en el grado de “cocolo moral e insigne” a la vez, hace una acotación un tanto irreverente y que define con propiedad a los cocolos mas frívolos, los cocolos de cabaret. Me asegura Mariano, que la carta de presentación verbal a las meretrices, de los pocos cocolos que visitaban “la Arena” de Miramar o “los Kilómetros” de la José de Jesús Ravelo en Santo Domingo, decía lo siguiente: “Fulano de Tal, serie 23, tiro el paso y hablo inglés”.

Otro cocolo moral, pero tan cuadra’o como los mas originales, es Luis Gaspar, Comandante de Abril, mejor conocido como “Guiguí la Vela” (por su figura espigada); que se apresura a aclarar que él es “makambo”, o sea proveniente de Aruba y Curazao. Su padre don Rafael Gaspar (qepd) se estableció en San Antón, cuando se levantó un “Quilombo” frente al “Solar de la Piedra” en La Atarazana. Varias familias de las Antillas Holandesas crecieron por esos alrededores: los Tillman, los Romell y los Gaspar, para solo mencionar tres.

Guiguí tiene méritos personales para ser considerado un cocolo insigne, en especial su preocupación por sus orígenes, su profundo sentir patriótico y el apego a las buenas costumbres; pero disiente de los otros cocolos antes citados, porque él cree que eso de la seriedad de los cocolos es solo una prédica cosmética, aunque muy bien intencionada.

“Los cocolos eran serios hasta que se hicieron dominicanos; de ahí en adelante copiaron todas las mañas de los españoles, porque ellos no crecieron en Marte”, sentencia implacable La Vela Gaspar. “A don Charlie McCoy yo lo respeto, porque sé que era ‘hecho de una sola pieza’, como mi papá, pero creo que se le fue la mano un poco”.

“Y ten en cuenta Jabalí, que en eso yo me equivoco, pero muy poco”

Mas luego conversaremos sobre los cocolos que viven en Nueva York, sus diferencias, ¿cuándo vinieron, qué hacen aquí y hasta dónde han llegado? Tengo el compromiso de reivindicar su existencia en estas tierras de Dios; pues a fin de cuenta, es como contar mi propia historia; la historia de mis antepasados, que también fueron cocolos.

15 abril 2017

domingo, 23 de julio de 2017

El cuento haitiano en agenda


Puntos de vista
        
Cronista de Paso
                 

Por: Fabio Cabral

El Plan Nacional de Regularización de Extranjeros en situación irregular en la República Dominicana, puesto en marcha por el gobierno el 14 de junio de 2014, hace ya tres años, ha sido, sin lugar a dudas, una de las reformas migratorias más avanzadas aplicada por cualquier país del continente americano.

Tan abarcadora que no solo se limitó a beneficiar a los que entraron de manera legal y decidieron hacer vida y familia en el país, sino también a los que llegaron sin papeles, a los hijos de los padres que se encontraban en tránsito  y, además, a los descendientes de extranjeros ilegales y sin ningún tipo de documentación, vale decir, sin registros de nacimientos, mayoritariamente haitianos.

Sin la ayuda de gobierno alguno ni de algún organismo internacional, mucho menos de las organizaciones que se hacen llamar defensoras de los derechos de los haitianos, el Estado dominicano se embarcó en un ambicioso plan que, en vez de recibir, por lo menos, apoyo moral, lo que obtuvo fue una andanadas de ataques y críticas a escala nacional e internacional, llegándose a  comparar a nuestro país con la Alemania de Hitler.

Todo por aplicar la Constitución de la República, las leyes y los principios de soberanía, fundamentos de la democracia y de la convivencia civilizada entre los Estados independientes.

¿En qué país del mundo se ha aplicado una reforma migratoria en la que el beneficiado (migrante) no tenga que invertir un centavo para recibir el privilegio de la residencia y que todo sea subsidiado por el Estado?. La República Dominicana, un país pobre con problemas de salud, educación, viviendas, seguridad social y una serie de demandas sociales por resolver, se embarcó en ese proyecto, para lo cual invirtió más de RD$2,000.00 millones.


Todo ese sacrificio para que hoy vuelvan con el cuento de que hay que extender el plan, precisamente en un momento en que se percibe, a la luz del día, que en todo el territorio nacional hay más haitianos ilegales hoy que al inicio del Plan Nacional de Regularización.

Hoy, a poco más de tres años del inicio del Plan Nacional de Regularización y vencido el plazo, la cifra de que solo 7,838 de 250,241 logró en todo este tiempo completar los requisitos para hacerse de una residencia permanente en la República Dominicana es una muestra contundente del poco interés, tanto del gobierno haitiano como de la comunidad internacional, para que se resuelva, de una vez y por todas, una situación que sigue creciendo y por ende afectando a la República Dominicana.

Así las cosas, hay que preguntarse dónde quedó el acompañamiento de las decenas de ONG, locales y extranjeras, que supuestamente luchan por los haitianos y en contra de los maltratos de que son víctimas los millares de esos ciudadanos que caminan libremente por las calles, trabajan y se benefician de los servicios de salud y educación
en el país, para ayudar a que el gobierno de Haití los proveyera de la documentación para completar sus respectivos expedientes.

Se han comenzado a levantar las voces para que se extienda el Plan de Regularización, o lo que sería igual poner en marcha un nuevo Plan porque el anterior no llenó su cometido y así volver a revivir el tema de que todo el que nació aquí es dominicano, sin importar lo que dice la Constitución, y mucho menos la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional y zarandearla al extremo de hacerla inaplicable.

domingo, 23 de julio de 2017

sábado, 22 de julio de 2017

Recordando la Capital...

Salas de cine de Santo Domingo, 
en la nostalgia

Las 46 salas que existían en la capital a finales de los 60, todas desaparecieron, por diversos motivos

Teatro Independencia


por Etzel Báez


Ir al cine era un primoroso encanto, independientemente de la calidad de la película en exhibición. La Zona Colonial, Ciudad Nueva y Gascue tenían las más confortables salas con casi siempre los mejores filmes, eran los cines de estreno, y eran más caras por la calidad de la proyección y el aire acondicionado silencioso. Las 46 salas que existían en la capital, a finales de los 60, desaparecieron todas por diversos motivos ya en los 80. Según recuerdan Josefina Frías y Bienvenido Olivier, dos personas ligadas a la industria de esos años: “Olimpia, Élite, Independencia, Rialto, la falta de parqueo y la dificultad de conseguir películas de estreno, casi siempre les daban las películas después de semanas de estar en cartelera en los cines de donde se estrenaban las películas, o sea en los cines de los Turull o en los de Regency Caribbean. El Cine Triple y Doble del Malecón dejaron de interesar a la gente, cuando la ciudad se expandió hacia el oeste, y preferían ir a los cines que les quedaban más cerca a sus casas”.

Se percibe que ese declive de salas de cine se inicia con la llegada de la televisión a colores y, más tarde, las películas en VHS. También impactan el internet y servicio de suscripción en plataformas digitales, que se lleva a mucho público, aunque no tantos porque el número de taquillas anuales vendidas ya pasan de 4 millones, e ir al cine aún es un hábito placentero –y económico– en RD.

Gracias a ese público se pusieron de moda los cines en plazas comerciales con suficientes estacionamientos y seguridad más garantizada. Actualmente, hay alrededor de 158 salas, muchas de ellas con los mismos estándares de las mejores salas de cine del mundo (Imax, 4D, 3D), distribuidas en unos 18 centros o plazas comerciales de la capital dominicana (y Santiago, principalmente), que en su gran mayoría pertenecen a los circuitos Palacio del Cine y Caribbean Cinemas. En Ciudad Colonial hace unos años se abrió The Colonial Gate 4D Cinema, en la esquina de la Isabel la Católica con Padre Billini 52, con dos salas de 50 y 16 butacas.

Aquellas antiguas salas, su magia, quedaron en la memoria. El Élite en la calle
Cine Santomé, en la calle El Conde
Pasteur, Gascue; el Olimpia en la Palo Hincado, el Independencia, frente al Parque Independencia, en la esquina de la calle Enrique Henríquez.

Los cines más emblemáticos eran el Olimpia (calle Palo Hincado, Ciudad Nueva), Rialto (calle Duarte, C. Colonial), Cine Santomé (El Conde), Cine Leonor (calle A.

Teatro San Carlos
Nouel) que luego lo reformaron en dos salas y pasó a llamarse Colonial (con 4 salas); el Cine Max, el Diana, el Doble y el Estela (antes Julia), todos en la Av. Duarte, barrio de Villa Francisca. En la Av. Mella estaban el Apolo y el Lido, en la calle Las Damas estaba el cine Militar de Las Fuerzas Armadas. Entre esos, el Lido era el cine de la pornografía, eufemísticamente llamadas “eróticas”, aunque sí exhibían algunas que solo se permitían allí, con tandas corridas desde las 5:00 de la tarde.

Otros barrios también tenían hasta dos salas de cine: San Carlos con el cine San Carlos y el Paramount; Villa Consuelo con el Cupido, el Trianon, el de RTVD y el Balani; Villa Francisca con Coliseo Brugal; Ensanche Ozama con el Arelis; Villas Agrícolas con el Luna; Villa Juana con El Popular; Cristo Rey con Las Flores; en Mejoramiento Social el Montecarlo, en el ensanche Luperón el Cinzano (calle Albert Thomas); en Capotillo El Municipal; aunque ahí mismo alrededor del Mercado Nuevo había otras 4 salitas, entre ellas el Cometa y el antiguo Ramfis. Un testimonio de Frías y Olivier sobre el porqué desaparecieron: “Los cines de barrios de clase baja dejaron de ser frecuentados cuando las películas de acción fuerte, como las de Bruce Lee y otros legendarios de karate, perdieron popularidad, además de que la TV por cable, en parte tuvo que ver con que la gente ya no quisiera pagar entrada de cine por algo que eventualmente podrían ver en la TV por cable”.

La UASD también tenía su cine, ubicado en el paraninfo de la Facultad de Ingeniería. En los años 60 cerraron el Autocinema Iris (Centro de Los Héroes). Este cine estaba en los terrenos del Coney Island y terminó en decadencia, porque las películas nunca fueron de estreno, sino filmes que se habían exhibido por años y años. “El atractivo de ese cine, no eran las películas sino que en la privacidad de los autos, podían los enamorados hacer lo mismo que en un motel, las películas exhibidas o eran verdaderos clavos o eran repetidas por años y años.”, recuerdan los consultados. Había otro, el Autocinema Naco, en el ensanche Naco.

Con la desaparición de esas salas de cine, también las distribuidoras de películas, o desaparecieron o cambiaron de nombre y de propietarios. Entre esas, la Gomeco Dominicana (antes Apolo) que estrenaba en los cines Apolo, Olimpia y Diana; Cines Dominicanos S.A. de la familia Turull, otros empresarios como Joaquín Ginebra tenían al Leonor, Élite y cines de Plaza Naco, igual que García Recio con el Max, Santomé y Cometa. Asimismo, se transformaron en Palacio del Cine y Caribbean Cinemas.

Entre las salas de sistemas múltiples que aún resisten desaparecer está el Cinema Centro, que cuenta con un público cautivo de los barrios Gascue, Ciudad Nueva, Colonial, Zona Universitaria y Lugo que van con regularidad. Ya el grupo de cine de Malecón Center cerró por falta de público, presumiblemente, se ignora si hay algún plan futuro. Reabrir esa sala en base a ofertas atractivas y con algunos programas financiados por el gobierno, rendiría buen público.

Cines de barrios, así como cines en pueblos y ciudades pequeñas, en populosos barrios como Invivienda, Villa Mella, Maquiteria, Los Mina, Sabana Perdida, La Victoria, Pantoja, Cristo Rey, Gualey, Manoguayabo, Cancino, por ejemplo, es asignatura pendiente de un mercado dormido.

Hay ideas para un Cine-Móvil, que incluso, ha dado buenos resultados en otros países con menor cariño por el cine que el que tiene República Dominicana.


Febrero 27, 2017

jueves, 22 de junio de 2017

Nosotros si, pero los otros no...


El PLD pidió renunciar 
a dos gobiernos


Facsimil del volante que distribiuyó el PLD exigiendo la renuncia de Joaquín Balaguer   
Eli Heiliger
Eli Heiliger
Por Eli Heiliger

La petición de renuncia a un Presidente de la República es algo muy socorrido en la política contemporánea del país y en ello el Partido de la Liberación Dominicana  está a la vanguardia.
Es muy conocida la consigna que sustentó Juan Bosch de: “Que se vaya ya”,  para pedir la salida del poder de Joaquín Balaguer a raíz de la crisis electoral de 1990.

En esa oportunidad era reportero del desaparecido matutino El Sol y recuerdo  que desde la Casa Nacional del PLD, Bosch llamó a la insurrección contra lo que  calificó como un fraude.
Ni  sus  propios seguidores atendieron a su llamado, pues los  que fueron electos  senadores, diputados, síndicos y regidores se juramentaron, con lo que legalizaron las elecciones del 16 de mayo de 1990.

El 29 de enero de 1985 en una rueda de prensa, Bosch argumentó que el “doctor Jorge Blanco ha demostrado, sin ninguna duda, que no tiene capacidad para enfrentar los problemas del país, por lo que se impone su renuncia  de la jefatura del Estado”.

El  fundador del partido oficial también planteó  a raíz de las elecciones del 1978, cuando se quería impedir el ascenso del Partido Revolucionario Dominicano, un gobierno de unidad nacional con lo que se desconocía el triunfo arrollador de Antonio Guzmán Fernández.
Hoy a más de dos décadas de las peticiones de renuncia a Balaguer y Jorge Blanco, un grupo de intelectuales, políticos y ciudadanos solicitan la salida del poder de Danilo Medina, lo que ha provocado un aluvión de reacciones de todos los matices.
Entre esas, legítima por cierto, con todo derecho a defenderse,  figura la reacción del presidente Danilo Medina que el miércoles pasado exclamó: “Déjenme trabajar”.

El grupo que hoy reclama la renuncia de Medina dice que este “pretende construir un poder omnímodo e indestructible por medio de la imposición de una reelección institucionalizada e infinita”.
Al solicitar la renuncia del mandatario y negarle capacidad para enfrentar los problemas nacionales, considera que “el poder se sustenta en el lavado de dinero, la manipulación mediática, el maridaje ante los grupos fácticos y económicos, la complicidad  y el control de las instituciones del Estado”.

Creo que los ciudadanos que formulan tal demanda están en su legítimo derecho para hacerlo y que con ello no cometen ningún pecado por el cual merezcan la  excomunión.

Por  lo cual no hay que anatematizarlos como lo hizo el presidente de la Junta Central Electoral, Julio César Castaños Guzmán, con lo cual perdió la confianza de muchos ciudadanos, que consideran que su misión no es opinar sobre táctica política de los partidos y ciudadanos, sino organizar elecciones libres.

Creo que el PLD y Bosch no cometieron ningún pecado cuando pidieron la renuncia de Balaguer y Jorge Blanco, por lo  que extraña que muchos de los que hoy maldicen a los intelectuales, no recuerden aquellos hechos.

Personalmente creo que esta administración debe terminar el periodo para lo cual fue electa y que no hay condiciones para un cambio de gobierno como proponen los que hoy exigen su renuncia, pero esto no nos obliga a engullirnos, sin ni siquiera pasarlo por un “baño de María”, la mega corrupción que  a dentelladas se come el Presupuesto Nacional.

También reconozco el derecho que tienen los ciudadanos de apoyarlos u objetarlos al mismo ,pero que hay que evitar que se pretenda  esfumar el derecho a disentir.

Eli Heiliger


Recordando Ciudad Trujillo en la Zona Colonial


 
Rondando El Conde de los 30 y 40

Horacito Álvarez Perdomo me ha hecho llegar unas memorias de su niñez y adolescencia, desarrollada en la Zona Colonial de Santo Domingo, cuyo eje comercial vertebrador fue El Conde, Isabel la Católica, Arzobispo Meriño y sus contornos, que editaremos por entregas. Empresario industrial casi de cuna, su padre Horacio Álvarez Saviñón, con el auxilio inicial de su madre Angélica Perdomo Frier, fue un pionero en 1931 en la fabricación de refrescos con sus marcas Agua Mineral Enriquillo y La Toma (de sabores), embotellando en esa década Pepsi-Cola para el mercado local. Horacito, ya en la pista de los 80, cultiva una memoria prodigiosa. Fue estudiante fundador del Colegio de La Salle en 1933, sito entonces en Meriño con Billini. Sencillo y afable, desarrolló pasión como piloto de carreras de auto, destacándose además como radioaficionado. Casado en los 70 con Patricia Cocco Guerrero, hermana del entrañable Miguel, mi compañero desde el 3ero de primaria de La Salle y en la Escuela de Sociología, con quien compartí sueños redentores.


Arranca su narración geográficamente de Este a Oeste -tal la numeración de la vía-, conectando El Conde con otras arterias comerciales. Al cruzarse con Las Damas, señala el Instituto Cartográfico Militar y el diario El Caribe, fundado en 1948. Alude a la Torre del Homenaje, que en una ocasión debió visitar tres veces al día a llevarle la comida a su padre, apresado al llegar en el Coamo desde Puerto Rico, acusado de entregar una mecedora a un enemigo del régimen. Allí compró una finca a don Lico Álvarez -abuelo de Nancy, Celsia y Jocelyn-, ubicada en Mango Fresco, donde nuestro narrador descubrió el sancocho de gallina de campo, "el mejor manjar ingerido hasta el día de hoy".

Describe la Isabel la Católica o Calle de los Bancos, "llamada así porque en la esquina con Mercedes estaban los tres únicos bancos existentes en la época: First National City Bank, Royal Bank of Canada, y Bank of Nova Scotia, sin otra sucursal en la capital. En la esquina Padre Billini residía Mon Saviñón con su esposa doña Julieta, hermana del dictador, quien nunca se metió con nadie, y sus hijos Gracita y Pacho. En esa misma casa años después vive y se suicida enajenado mental Aníbal Trujillo, hermano del dictador, casado con doña Pura Nivar. Al Sur, casi al llegar a la Arz. Portes, la Clínica de Dr. Pardo, donde a muy temprana edad, luego de unas vacaciones en Haina, en casa alquilada al padre de los Rojas Alou, constructor de ruedas de carretas, fui operado de amigdalitis.

"Subiendo, a la derecha, la Universidad de Santo Domingo, en la parte frontal trasera de la Catedral (calle Pellerano Alfau, actual Palacio del Arzobispado). Mirando al parque, la sede del Congreso, y en la esquina El Conde la Papelería del Sr. McFarlane. Casi colindando con el Royal, del lado izquierdo, la Casa Vicini, todavía hoy con su letrero. Donde estuvo el Correo y Telecomunicaciones, antes fue ocupado por la Plaza, espacio abierto en el que se vendía de todo, menos ropa y electrodomésticos. Al final, la Ferretería Miguelón, de don Lucas Guerra. La iglesia Santa Bárbara y la Avenida España, iniciando la bomba de gasolina de Natalio Yeara (Yearita, abuelo de Jorgito Yeara). Al cruzar, la pulpería del padre del Coronel Piloto Ángel Ramos Usera, esposo de Carmenchu Brusiloff. Más adelante los garajes de don Juan Ortega Frier frente al taller de Nando González, padre de Fernandito, la 'biblia deportiva'. Muy amigo de papá y un excelente mecánico, nadie mejor para el mantenimiento de nuestra 'flota' (un solo vehículo). La Ave. España era vía obligatoria para cruzar el Puente Ulises Heureaux sobre el río Ozama y dirigirse hacia el Este de la república.

"En la Meriño con El Conde había una barra, más adelante algo de lo mismo, El Gato Negro, por un tiempo propiedad de mi primo Carlos Sánchez Perdomo. Cerca, la imprenta y papelería Pol Hermanos, seguida de la Insular Trading Co. importadores entre otras líneas de las afamadas plumas fuentes Scheaffer. Su dueño el Sr. Molinari, esposo de doña Poupe Soler, fundadora del Golfito. Un poco hacia arriba la residencia de Julio Ortega Frier y doña Carmita Peña, padres de Maruja y Pepé, quien casó con Mariucha Tous, padres del economista Ortega Tous. Casi en Mercedes, All American Cable, la
competencia de la RCA. En la época, las comunicaciones internacionales se hacían vía cable y las locales por telegrama. Si Ud. era amante de los caballos y propietario de uno, sus visitas a Kuinlam, próximo a All American, eran obligatorias. Allí, las mejores sillas y frenos importados. Enfrente, la Casa Velázquez, que junto al Elah eran los mejores colmados. A mitad de cuadra, frontal a Pol Hnos, la sombrerería de los hermanos Menéndez, con los famosos sombreros de paja dura y panza de burro confeccionados en su fábrica, más los Panamá y Stetson importados.

"El Parque Colón era cita obligada de la juventud capitalina los domingos por la tarde. Dirigiendo la orquesta del Ejército Nacional, el maestro Cerón nos brindaba un excelente concierto de música clásica mientras los varones circulaban en una dirección y las damitas a contrario. Una vez terminada la retreta, previamente anunciada por campanas del majestuoso reloj público instalado por tío Angelito Perdomo, la visita al restaurante de los chinos al lado del Teatro Capitolio era parte de un ritual, si se disponía de los 5 cheles para el pudín de pan u otro de los tantos dulces -el agua iba gratis. Otros preferían llegarse hasta los Imperiales en la Hostos -frente a la familia del Castillo Morales, cuyo hijo más destacado, Luis Rafael, fue uno de los abogados más serios del país-, a disfrutar sus sabrosos helados.
"En la Hostos con Nouel estaba la tienda de canje del jabón Octagón. Las amas de casas con las envolturas las cambiaban por excelentes artículos del hogar. En el mismo local operó años después una oficina de la Nestlé. Las tablas de chocolate, con nueces o sin ellas, valían 5 cheles y pesaban el doble de las de hoy, trayendo postalitas a color con temas instructivos. Allí también nos daban el álbum para pegarlas.


"A media cuadra, en la acera opuesta, estaba el Garaje Hostos con su moderna bomba de gasolina. Consistía en una columna con un recipiente de cristal en su parte superior, debidamente calibrado y visiblemente rotulado desde 1 a 10 galones. Para llenar el recipiente, el operador hacía oscilar manualmente en doble dirección una palanca de unos 4 pies, sirviéndose por gravedad el combustible. Ya casi en la última cuadra vivía la familia Velázquez: los padres, Evangelina, Liquito, José, Luis, doctor en retiro y la hembra menor, madre del querido Mundito. Al frente, en la plata alta, la familia Jiménez: Milo, su hermano menor y las hermanas -la más conocida Marianela, por sus excelentes obras pictóricas. Abajo, la familia García, español de origen funcionario de Cochón Calvo y Cía, aplatanado y casado con dominicana. Padres de Milagros, esposa del Dr. Otto Pou y hermana de los bien conocidos mellizos García.

"En Hostos con El Conde estaba originalmente en una esquina la Lotería Nacional, administrada por el pariente Mon Saviñón. En otra la Ferretería Baquero de los hermanos del mismo nombre. Llamaba la atención el novel sistema de despacho y cobro a los clientes. El amplio salón estaba dividido en 4 ó 5 departamentos y desde cada uno, una especie de trolley aéreo suspendido por unos cables, iba directo hacia y desde la cajera. Al dependiente recibir el dinero del cliente, lo colocaba en el trolley junto a la factura y tiraba de una cuerda, desplazándolo hasta la cajera. Quien, si debía devolver dinero, hacía lo propio retornándolo al departamento con el cambio.

"En una tercera esquina, el Restaurante Hollywood de don Quico Pou, padre de Luis, Carlos (la Cotica) y la hembra, futura esposa de Juan Tomás Mejía Feliú, primer Rector de la UNPHU. El local estaba totalmente forrado de espejos y cuando alguien le preguntó ¿por qué?, don Quico le contestó: 'para que vea que es el único negro y se vaya'. Al lado del Hollywood, el Lic. Duluc, Doña Catalina su esposa, con sus hijos Rómulo, Pupey y Sarita, quien casó con el abogado don Pipí Turull, 'hermana' de mi hermana Olguita.

"En El Conde recuerdo las joyerías Prota, Di Carlo y la tienda de armas deportivas Oliva, quien en algún momento fuera Jefe de los Bomberos. Tiendas de tejidos, La Opera y Cerame. Las farmacias de Lolón Guerrero, la Raldiris, la de don Fellito Veloz, otra frente a La Margarita de don Gilberto Pellerano. Y por último la de don Humberto Gómez Oliver casi al final de El Conde, muy próximo al salón de exhibición y venta de los famosos carros Packard distribuidos por don Manuel Alfaro y usados en su época por el dictador. Las jugueterías La Mariposa, cerca de las oficinas de la Cía. Eléctrica de Santo Domingo, entre José Reyes y 19 de Marzo, y la de Andrés Pérez. 

"Encima de La Cafetera se hallaba la Escuela de Educación Doméstica, donde las futuras amas de casa aprendían a coser, bordar, cocinar y demás obligaciones de madres y esposas. Al frente, La Bombonera propiedad de un señor puertorriqueño. En la esquina 19 de Marzo, El Moroquito del Sr. Cohén con cerveza de barrica. Al cruzar, El Ariete de don Higinio. Las barberías de Chico, quien me dio el primer corte, Titico en la esquina Sánchez, y frente al Baluarte el Salón Marión.
"Las ferreterías Read en la esquina a Isabel la Católica, la citada Baquero, Morey en El Conde y Duarte, mas El Candado ante el Baluarte. En la esquina NO de la José Reyes, en el Edificio Saviñón, se mudó la Lotería Nacional, más tarde ocupado por R. Esteva & Co.,
siendo sus propietarios el caballero don Rafael (Fello) Esteva Mendez, con sus hijos Jaime y Rafael (Rafaelito) Esteva Vives y Don Carlos Alberto (Beiby) Ricart Viadal. Entre muchos electrodomésticos, ofrecían los famosos radios Philips holandeses, con su ojo mágico garantizando una sintonización perfecta. La zapatería del maestro Cordero confeccionaba zapatos a la medida. Con un par de éstos me embarqué para el colegio en New York en 1944."

¡Ah, qué tiempos aquellos!




LECTURAS/ Diario Libre
| 07 JUN 2014


Recordando Ciudad Trujillo y su centro comercial




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Familias y Comercios
en torno a El Conde 
como arteria principal


Situándose en su epicentro residencial en el Callejón de Regina, que corre rumbo Sur desde la Padre Billini hacia la calle Arzobispo Portes -cual remate de la José Reyes que desciende desde la terraza del barrio San Miguel, solar todavía de palomas amigables-, Horacito Álvarez Perdomo vertebra sus recuerdos del vecindario que le vio crecer. Nos dice con toda franqueza: "Al llegar al Callejón de Regina, sería un sacrilegio no hablar sobre la casita donde vivimos después que el ciclón San Zenón destruyó la anterior, ya que fue allí donde papá comenzó en el 1931 a producir el Agua Mineral Enriquillo (aún en el mercado) y el refresco de sabores varios La Toma". Los inicios modestos de lo que sería una gran empresa industrial fruto del tesón familiar, narrados con naturalidad, sin afeites.
"En un carro que le facilitara don Ernestico Freites, a quien papá le había servido cuando muchacho de mensajero en la Tabacalera, tras convertirlo personalmente en camioneta, mercadeó su primera producción. El equipo original lo conformaban: un inmigrante inglés de las Antillas Menores lavando botellas en dos medios tanques de 55 galones; papá llenando las botellas y como chofer vendedor; y la última pero no menos importante, mi madre, pegando las etiquetas. Ubicada en la acera Este, esta casita era a la vez hogar y fábrica. 

El lunes 21 de febrero de 1938, salió a la venta la primera producción de Pepsi-Cola, procesada desde un edificio propio, casi al frente de donde comenzó la industria. Fue así como aquí, en República Dominicana, se produjo por vez primera esta bebida fuera de Estados Unidos bajo franquicia concesionada a un embotellador independiente. Aunque en Cuba ya se vendía, era la casa matriz la dueña de la embotelladora."
Don Horacio Álvarez Saviñón, quien presidiría el gremio de los industriales tras la caída de la dictadura, devendría sinónimo de refrescos al elaborar localmente una marca líder de bebidas gaseosas, a la que sumaría la línea de sabores Old Colony de su Compañía Embotelladora. 

Compitiendo con Kist fabricado por la familia Trifilio. Coca Cola, Country Club y Ginger Ale, envasados por Refrescos Nacionales propiedad de la familia Wanzer-Stuart que también producía Malta Corona. Dueña a su vez de la Cervecería Nacional Dominicana, que sacaba Canada Dry. Red Rock y luego 7Up de Embotelladora Dominicana, un desarrollo liderado por el gallego Manuel García Costa a partir de la fábrica La Española fundada en San Pedro por su suegro Bernardo Arévalo. El demandado Trópico de chocolate que se servía en el desayuno escolar, manufacturado por mi suegro Pacho Saviñón Trujillo. Ironbeer, una suerte de especiado Dr. Pepper elaborado en Cuba desde 1917 con una etiqueta mostrando un bíceps portentoso. White Rock, con su hada mágica sobre la roca, cuyo burbujeante sabor a lima-limón me deleitaba.
En los 60 surgiría Embotelladora Dumbo de don Juan Dauhajre con las líneas de esta marca venezolana, sumando la franquicia Royal Crown Cola del fracasado proyecto SOPODECO. Los Rojas de Moca lanzarían regionalmente su exitoso Imperio, hoy reforzado con Orange Crush y otras líneas. Los D'Alessandro incursionarían en los 70 adquiriendo la Pepsi -luego vendida a los García Arévalo y éstos más tarde a Ambev- y la empresa de los Dauhajre. Y los Selman operarían Coca Cola, antes en manos de Wometco, transferida ahora a Bepensa, en una sucesión de adquisiciones y fusiones en un negocio globalizado en el que ha emergido avasallante la multinacional peruana Kola Real.
En la continuación de sus memorias, Horacito Álvarez Perdomo amplía su retrato de la Ciudad Colonial recreándonos las décadas del 30 y el 40 del pasado siglo. Ubicándose en el sector de Regina, transita por el tramo Padre Billini y 19 de Marzo. Registra "a don Enrique Mejía Arredondo, sub-director de la Orquesta Sinfónica Nacional, junto a su esposa Rosita y sus hijos Rhino y Gulún. Luego a los padres de Roberto y Carmencita Mejía. Y al Dr. Núñez, dentista. También a doña Graciela Bernal con su tiendecita de hilos, botones, encajes, fallecida "en un viaje visitando Nueva York. En la esquina, don Rafael (Fello) Pou, su esposa María y sus hijos Bobó, Macitica y Lourdes. Esta última ida a destiempo, casada con el Dr. Pimentel Imbert, madre del apreciado amigo doctor y fotógrafo Thimo Pimentel.


"Al fondo de la plazoleta vivía don Virgilio Díaz Ordóñez -farmacéutico, jurisconsulto, catedrático y diplomático- con su esposa Lolita y Virgilito Díaz Grullón, quien casaría con la pianista Aída Bonnelly. Así como Roberto Figueroa Carrión, de triste recordación, último jefe del SIM. Ya en el callejón estaba la familia Medina con sus hijos Flavia, muy bonita muchacha, su hermana mayor y Lépido. Un poco más abajo don Armando Rojas, padre de Armandito, abogado, del diplomático y poeta Enriquillo, de Pachín, quien niño se lo lleva la diabetes y de Leda. Presidente de la Sociedad Altagraciana y dueño de una compra venta de prendas antiguas (no casa de empeño) sita en Nouel con Meriño. Negocio éste que tenía enfrente al alemán Carl Hertel, primer importador de los vehículos Mercedes Benz, los carros DKW (hoy Audi) y las motocicletas BMW. La madre de los Rojas Abreu, Teresita, estaba emparentada con Luis E. Burrulote Rodríguez, gloria del béisbol dominicano.
"Casi en la esquina de la Arz. Portes, del otro lado de la acera, se hallaba la familia Corleto. Me parece estar viendo al Sr Corleto llegar a la casa, como lo hacía diariamente, con un pollo colgando de una mano. Eran varios en la prole, pero todos mayores que yo, excepto Pablito. En la esquina, la pulpería de Natividad, un viejo español con malísimas pulgas, pero con un mabí excelente.

En 1938 el referido Carl Hertel vendió un Mercedes Benz a Trujillo, con quien mantenía cordiales relaciones, al grado de traerle en 1936 un mensaje enviado desde Europa por su hija Flor de Oro y el esposo de ésta Porfirio Rubirosa. Aparte de su rol empresarial, Hertel era seguido por la inteligencia americana por sus actividades como representante del partido nazi en el país, al igual que otros alemanes. E italianos prominentes hombres de negocios establecidos en El Conde y sus inmediaciones, fichados por el FBI como miembros activos del partido fascista.
Refiere Horacito que "en la José Reyes vivía el Arzobispo Adolfo Nouel, al lado de Charles de Mondesert y su esposa Margarita Sánchez Lustrino -inmueble que servía de residencia y negocio de perfumería. Los hijos, Enriquito, fundador conmigo de La Salle, Ana María, quien casó con el Dr. Manolito Parra, Olga, víctima de un accidente en Nueva York, y el menor. Luego, la vivienda de José Lebrón Morales, padre de Edna, abuelo de Mariasela Álvarez. Próximo, la Escuela de la Sta. Eva Pellerano. Ahí asistí al kínder, llevando mi pizarrita y mi vaso de aluminio replegable. Cuando la Sta. Eva cerró hubo una escuela pública, cuyo director, el Sr Valdepares, era considerado excelente educador. Entonces los estudiantes de planteles públicos estaban obligados a asistir una vez a la semana a la Escuela de Arte y Oficios, en Nouel con Duarte.
"En la esquina SO, lo que sería el comienzo de R. Esteva y Cia. Allí don Perucho, hermano de don Fello Esteva, daba mantenimiento a las máquinas de coser Singer. La esquina NO la ocupaba la farmacia del Dr. Pedrito Polanco y su hijo Alejandro. Aun llevo la marca de la vacuna contra la viruela que me puso don Pedrito. Casi al llegar a El Conde estaba la familia de don Manuel Arturo Peña Batlle con sus hijos Pilar, casada con Máximo Pellerano, y el cotizado pintor Papo Peña, fundador de La Salle. Ya sobre El Conde, la farmacia de los Mellizos Hernández.

"Justo al medio de la próxima cuadra, la familia Trifilio Estévez. El padre italiano, Francesco, dueño del Colmado Elah (con los famosos caramelos de menta italianos) que ocupaba la esquina NE de El Conde y Sánchez, donde luego estuvo el Panamericano. Con dos hembras y cuatro hijos varones: los mellizos Alberto -esposo de Celeste Hernández- y Humberto, quien llegó a general, casó con la hija de un exiliado político cubano y luego con mi hermana Clementina; el menor, Nucho, buen jugador de baloncesto del equipo de la Normal; y el mayor, por algún tiempo competidor nuestro al representar los refrescos Kist, muy buenos. La fábrica estaba al principio de la Nouel frente al Parque Independencia, en el espacio ocupado más tarde por el Restaurante Nuna. Próximo a la Iglesia de Las Mercedes, la Sala de Socorros. Allí prestaban primeros auxilios a los casos que no ameritaban llegar a un hospital, como la mordida que me dio un perrito de mi tía Tita.

De regreso al inicio de la José Reyes, próximo a la imprenta de Gimbernard, "los talleres de ebanistería del maestro Penson, responsable de la confección de los muebles de la casa nueva cuando nos mudamos al Callejón tras el ciclón. Casa que fuera residencia de la familia Grau. Cerca de la ebanistería, un edificio de cuatro apartamentos. Abajo, la familia de un militar cubano exiliado, con dos hermanas apodadas Las Maracas, ya que eran muy gordas y al caminar sus traseros marcaban un perfecto ritmo oscilante. Luego, don Mario Echenique y doña Consuelo Nanita, con sus hijos Federico, Camén y Juan. Su tío Manuel E. Nanita tenía un carro que estacionaba frente a la Casa de España mientras jugaba póker. Como los sobrinos no conducían y entonces se les dejaba las llaves a los carros, me llevaban como chofer a tomárselo 'prestado'. Tras unas vueltas, se le echaba un galón de gasolina y devolvía a su lugar.
"Sobre los cubanos, Gilberto Sánchez Lustrino casado con Anita Rubirosa y sus hijos, el más famoso, Pirulo, recordado por los crímenes al servicio de Ramfis. Al lado, Pepe Domingo y doña Tinita. Padres de Raúl, casado con una Marranzini. Yolanda, quien perdió el novio en el hundimiento el 21 de mayo de 1942 del barco Presidente Trujillo por el submarino alemán U-156. Y Dinorah, enviada a Cuba a estudiar y matrimoniada allí con un diputado."
Cuando la Era no sólo era un danzón.


LECTURAS/Diario Libre
| 21 JUN 2014

jueves, 15 de junio de 2017

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El famoso albúm de la corrupción de los peledeístas cuando decían que habían corrupto y peledeístas